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Esta es la gruta de la sabiduría, el palacio del Sueño, entre lo simple y lo complejo, entre el espíritu y la barbarie.

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El musolari errante

Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2007.

En la muerte del comediante

Un hombre va al doctor. Dice que está deprimido, dice la que la vida le parece cruel. Y dice que se siente solo en un mundo amenazador, al que tanto da y del que nada recibe. El doctor le contesta: "El tratamiento es simple. El gran payaso Pagliaccio está en la ciudad. Esta noche vaya a verle. Eso le animará".
De repente, el hombre estalla en lágrimas.
"¿Qué le pasa?", le pregunta el doctor.
A lo que el hombre contesta: "Pero doctor, yo soy Pagliaccio".

Two faces

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Era hermoso, fuerte, inteligente; le encantaban la música y la literatura, aristócrata, rico… parecía que el joven Edward Mordrake tenía todo lo que la juventud y la divinidad podrían conceder a un hombre. Sin embargo, su peripecia vital fue de las más terribles y perturbadoras que haya vivido persona alguna.

 

El pobre Edward había nacido con un gemelo, que poseía como él un bello rostro y un cerebro afilado; pero a diferencia de su hermano, era malvado, siniestro y cruel, y nada le hacía más feliz que la desgracia del otro. No podía hablar, pero su risa malévola llenaba su rostro en una mueca inhumana cada vez que su hermano se desmoronaba, preso de una infelicidad y una amargura cada vez más insoportables. Parece ser que este mellizo diabólico, cuyo nombre se ha llevado la Historia, envenenaba cada noche del dulce Edward, impidiéndole dormir mientras le susurraba maldades que parecían reveladas en el mismo infierno. Al final, cuando nuestro joven protagonista no resistió más, dio muerte a su hermano y a sí mismo, no sin antes rogar en una misiva postrera que los restos del otro fueran destruidos, pues en caso contrario le perseguirían hasta en la tumba.

 

Nada tendría de especial esta historia si no fuera por un detalle: Edward y su hermano compartían el mismo cuerpo, que manejaba el primero, pero cada uno poseía su propia cara, una a cada lado de la cabeza. El horror que se desprende de la situación es descomunal, máxime teniendo en cuenta que su base real parece establecida. A quienes les parezca inverosímil, que echen un vistazo a este video. Es del tipo de cosas que está bien saber para no sorprenderse, pero en las que también es conveniente no pensar demasiado.

10/12/2007 19:31 musolari Enlace permanente. Cositas de Internet No hay comentarios. Comentar.

Definición de demoledor

Esta réplica es quizá lo mejor que he leído en mucho tiempo en un periódico. (Gracias Miguel)

 

La abuelita
de Rosa Montero

Ayer apareció, en la contraportada de El País, un texto de Rosa Montero en el que la escritora arremete contra la serie Dexter. ¡Blasfema!
HERNAN CASCIARI - 12 de diciembre, 2007
Comentarios - 172

Ayer apareció, en la contraportada de este periódico, un texto de Rosa Montero llamado "Sadismo", en el que la escritora arremete contra la serie de televisión Dexter, culpándola, entre otras cosas, de provocar la agresividad y el sadismo gratuito entre los grandes y los chicos.

La escritora escribe con soltura sobre una obra de ficción de la que, confiesa, sólo ha visto unos minutos porque le resultó "repugnante". Pero no quiero seguir explicando sus palabras, es imprescindible la lectura completa del texto, que no tiene desperdicio:

Sadismo

por Rosa Montero
(El País, 11 de diciembre de 2007)

Llega una nueva serie de televisión que ya estaba en el cable. Rizando el rizo de la venta al por mayor de la violencia, el protagonista es un psicópata encantador, un sádico simpático que busca la complicidad del espectador.

Para endulzar la despampanante orgía de sangre, atrocidades perversas y refinada saña, este agradable asesino en serie sólo mata a los malos, es decir, a aquellos que a su vez son asesinos. Por cierto que no acaba con ellos por hacer justicia, sino porque disfruta haciendo sufrir. Ya digo que es un sádico. No pude terminar de ver ni siquiera un capítulo, así de repugnante es el producto.

Según un informe del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia, los niños españoles pasan frente al televisor 930 horas al año, por 900 que están en el colegio. Cada hora ven entre cinco y diez actos violentos, y está demostrado que cuanta más violencia televisiva han visto, más agresivos son a los dieciocho. Se me ocurre que este nuevo carnicero dejará su huella en grandes y chicos.

En los años setenta, las películas que ofrecían dosis masivas de violencia bajo la tenue justificación de un justiciero solitario que mataba malos, como Harry el Sucio, eran consideradas reaccionarias. Hoy, en cambio, se diría que el sadismo está de moda, con el agravante de que ahora las carnicerías son infinitamente más perversas y realistas. Hoy Quentin Tarantino saca en primer plano cómo torturan a un tipo rebanándole la oreja lentamente y a todos los modernos les parece la bomba. Y lo mismo sucede con este nuevo héroe televisivo cruel y morboso: qué guay, un matarife psicopático. Diversión a tope.

Explotar el sadismo para obtener más share se considera de lo más normal, forma parte de ese fofo "vale todo" en el que vivimos. A mí, sin embargo, me repele: debo ser una antigua.

Mi idea inicial fue debatir, en estas páginas, la enorme cantidad de boludeces que escribe Rosa Montero en su columna, pero sin embargo me llegó, a tiempo, un documento que la exonera de toda culpa. El problema de Rosa Montero no es su incapacidad de comprender la ficción televisiva.

Ella no es, como el resto de los intelectuales quisquillosos, una especie culta que desprecia toda la tele sin excepción. No es de las que pueden hacer una crítica certera viendo sólo cinco minutos de una obra. No. Lo que tiene Rosa (casi igual que Dexter Morgan) es un problema con su pasado.

Publico aquí, en exclusiva, una columna aparecida el 11 de diciembre de 1917 en el periódico La Vanguardia. La escribe Rosa Montero, la abuelita de la actual Rosa Montero.

Sadismo

por Rosa Montero
(La Vanguardia, 11 de diciembre de 1917)

Llega un nuevo folletín a mi biblioteca, que fue publicado en doce episodios por la revista rusa El Mensajero, hace ya cuarenta años, con el nombre de Преступление и наказание (aquí, creo, la llamarán Crimen y Castigo y aparecerá en forma de libro a principios de marzo de 1918). Rizando el rizo de la venta al por mayor de la violencia, el protagonista es un muchacho encantador, un asesino sádico la mar de simpático, llamado Raskolnikov, que busca la complicidad del lector. Una complicidad inaceptable.

Para endulzar la orgía de muertes, atrocidades perversas y refinada saña, este agradable asesino sólo mata ancianas, es decir, seres desvalidos que no le hacen mal a nadie. Por cierto que no acaba con ellas para hacer justicia, sino porque desea saber si es posible matar sin razón, sin dejar huella, y cometer de este modo el crimen perfecto. ¡Ya digo, es un sádico! No pude terminar de leer ni siquiera las primeras páginas, así de repugnante es el libro.

Según un informe del Centro Reina Victoria para el Estudio de la Violencia, los niños y jóvenes españoles consumen esta mal llamada 'nueva literatura' unas 930 horas al año, por 900 que están en el colegio. Cada hora son cómplices de entre cinco y diez escenas literarias violentas, y está demostrado que cuanta más violencia han leído, más agresivos son a los veintidós años. Se me ocurre que este nuevo asesino ruso dejará su huella en grandes y pequeños.

En 1840 apareció un libro que ofrecía dosis masivas de violencia bajo la tenue justificación de un gorila solitario que mataba gente. La novelita se llamó Los Crímenes de la calle Morgue, del ya olvidado escritorcito borracho Allan Poe, y fue considerada por mi madre (columnista de opinión también) una obra espantosa. Hoy, en cambio, se diría que el sadismo está de moda, con el agravante de que ahora los asesinatos no son ejecutados por primates, ni por chimpancés, sino por supuestos hombres decentes como el impresentable Raskolnikov.

En la actualidad de este flamante siglo XX, Howard P. Lovecraft ha escrito sin escrúpulos el asqueroso libro El caso de Charles Dexter Ward, la historia de un hombre degradado física y psicológicamente por su familia, que acaba (¡cómo no!) provocando un baño de sangre. Y lo mismo sucede con este flamante héroe ruso del tal Dostoyevski, este funcionario cruel y morboso llamado Raskolnikov: qué alegría, un soviético psicopáta. Diversión a troche y moche.

Explotar el sadismo para obtener más ventas literarias se considera de lo más normal, forma parte de ese fofo vale todo en el que vivimos en este nuevo siglo XX tan extraño. A mí, sin embargo, me repele: debo ser demasiado moderna.

Ojalá un día llegue la famosa televisión y se acaben todas estas porquerías literarias.

Quiere ser su mujer

Cantemos, pues otra canción; ésta, con el paso de los años, ha envejecido a la vez que se volvía violentamente amarga.

 

Ella. Sus uñas rotas, sus naves ardiendo. A la dulce niñita, la hija del prestamista que siempre veíamos, anciano y perverso, a esa que nos miraba con unos ojos azules en los que sólo podía habitar la inocencia, se la come el deseo. La devora cuando, torpemente escondida tras los trastos de la tienda, lo ve pasar. Y cuando no lo soporta más, lo llama, con ese viejo micrófono que algún vagabundo -tal como yo- le dejó. Él la mira, y entonces ella comienza a sonar su clarinete, en una melodía que transforma en oscura tentación la inicial curiosidad. Y se acerca, y la niña ya mujer enloquece, y se ve apuntándole de pronto con una daga nazi, pero sólo quiere decirle que le quiere, que le necesita, que muere por ser su mujer, no importa su edad, no importa quién sea, todo es igual.  Cuando sus labios se abren, prestos para besar, las palabras brotan como una promesa sangrante: “Puedo irme a dormir ahora, pero por favor, respeta el futuro, es nuestra esperanza.”

 

La niña se marcha, pero él no puede evitar seguirla; también la siente como la primera, la auténtica, la original. Y al desabrocharse el cinturón, siente la hebilla como la rueda de un transatlántico que cruzase el Mississippi, desbocado como ellos. Pero vacila, porque él sabe cómo aprendió a tocarse ella mientras veía a los marineros ardiendo como tizones: sólo en medio de un infierno pudo aprender –y aprehender- tanto placer. Únicamente consigue reunir el valor, ante su cuerpo tibio y desnudo, de darle llama al cigarrillo que sostienen esos labios en éxtasis.

 

Nunca alcanzarán la Luna, o al menos, la Luna que desean; porque está flotando en pedazos, pálida y miserable, y no hay supervivientes. Así que dejemos a estos amantes preguntándose, una vez más, por qué no pueden poseerse, y vamos a cantar otra canción; ésta ha envejecido demasiado amarga.

 (Adaptación de Leonard Cohen)

27/12/2007 04:13 musolari Enlace permanente. Música No hay comentarios. Comentar.

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