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El musolari errante

Nombres que no nombran

Venía esta mañana en el autobús camino de la Universidad, y por una vez he encontrado un ratito para mirar por la ventanilla, superado momentáneamente el sueño y abandonada hasta esta tarde Anna Karenina. Y cuando ya estaba cerca de mi destino, he observado un edificio decadente rodeado por un jardín desierto donde sólo aguantaban unos columpios con aspecto de no haber sido utilizados en años. Ganado por el paisaje bucólico, he seguido mirando y he comprobado que una gran parte del pueblo posee, a esa hora temprana y con luz lateral, una sensación de abandono que puebla el corazón de agradable melancolía.

 Sin embargo, como mi ánimo ahora mismo está más racional que nostálgico, las reflexiones que me han ocupado después han sido de un orden diferente. Como obseso de los nombres que soy, he pensado lo mal que le pega a este lugar llamarse Colmenarejo, que a mí, pues no sé, me sugiere una imagen rural, con casas encaladas, jumentos cruzando la calzada y charla de ancianas con la mecedora en el portal; no este lugar con perfume a novela de Scott Fitzgerald. Y hay tantos sitios así en el mundo... Quizá por esto me gusta Tolkien, porque en sus obras los sitios (y las personas) se llaman siempre como tienen que llamarse.

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3 comentarios

Cluje -

Esperaba esa pregunta... Grileis no estaría mal. Y sin haber leído el libro, el jardín de los columpios me suena a "Jardín de los Finzi-Contini".

Lola -

y cómo llamarías a Colmenarejo?

Fernandel -

Ramón, yo creo que ese era el nombre que le pegaba al pueblo cuando se lo pusieron. ¡Es que el tiempo no perdona!
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