Preguntas sobre el juego de moda

Llevo casi todo el verano viciado de los sudokus. Para quien no lo sepa, se trata de un pasatiempo consistente en una cuadrícula de 9x9 casillas, subdividida en 9 cuadrados de 3x3. En alguna de las cuadrículas hay números entre el 1 y el 9 inclusive, y el objetivo del juego es rellenar todo el cuadrado, sabiendo que los números están sujetos a las siguientes condiciones:
a) En cada fila están todos los números del 1 al 9.
b) En cada columna también.
c) En cada cuadrado 3x3 también.
"Sudoku", de hecho, significa "número solo"; en
http://www2.rincondelvago.com/servicios/sudoku/historia_del_susoku.html podéis encontrar una breve e interesante historia del pasatiempo.
Sin embargo, el motivo de este post no es hablar de mis maravillosas experiencias veraniegas, sino plantear algunas preguntas matemáticas, probablemente ya resueltas por cerebros de Ciencias de la Computación, que surgieron en una larga conversación que tuve con dos amigos hace unos días, mientras recorríamos Badajoz del derecho y del revés, y que no parecían tener respuesta sencilla. Asumimos que un sudoku debe tener solución única.
a) ¿Cuál es el la mínima cantidad de cifras de un sudoku? (Obsérvese que de forma trivial el cuadrado en blanco o el cuadrado con una cifra, por ejemplo, NO son sudokus)
b) ¿Cuál es el máximo número de cifras compatibles en un cuadrado 9x9 sin que sea sudoku?
c) Dada una cierta solución de un sudoku, ¿cuántos sudokus tienen esa misma solución? ¿Ese número es independiente de la solución?
d) ¿Cuántos sudokus hay? O lo que es más interesante: ¿cuántos sudokus hay salvo permutaciones del 1 al 9?
e) ¿Hay algún algoritmo SENCILLO que permita decidir si una configuración es sudoku o no? Por supuesto, la resolución habitual del sudoku es una prueba de que ocurre lo primero, pero la negación parece más difícil.
En fin, como podéis suponer, más que en las respuestas en sí estoy interesado en los razonamientos que lleven a ellas. Y si os coméis un poco la cabeza, nada mejor para desconectar que un buen sudoku, a ser posible con buena música de fondo ;-)
Madrid, Madrid, Madrid...
Bueno, ya estoy en Madrid. Qué pronto se dice, después de haber echado como cuarenta o cincuenta plazas y haberlo intentado durante un año y medio casi ininterrumpidamente. Pero ya, a falta de unos pequeños flecos como son la dirección de correo electrónico de la Universidad o dar mi primera clase, que seguramente será de Investigación Operativa a informáticos (me estoy convirtiendo en el puto amo ¿? del método del simplex), estoy completamente establecido en la capital del Reino. De hecho, no pensaba que fuera a llevarme tan poco tiempo la instalación y adaptación; aunque también es verdad que a ratos freno un poco, me miro, echo un vistazo al piso del Barrio del Pilar –aún me cuesta pensarlo como mi casa, y afortunadamente “piso de Rosa” ya es incompleto, creo que de ahora en adelante, recordando a Julito, lo llamaré simplemente “El Cuchitril”- y pienso en cuánto ha cambiado mi vida de dos semanas acá, y en si todo esto será real. Pero cada vez me doy dando más cuenta de que sí, de que es así.
La semana pasada, o mejor dicho, los diez días que transcurrieron desde el viernes en que recibí la noticia hasta el domingo en que pasado en que me vine a Madrid constituye uno de los periodos cortos más intensos de mi vida. La mudanza fue de proporciones nunca probadas: 10 cajas repartidas entre Madrid, Badajoz y Colmenarejo, algunas de las cuales todavía están en camino, más tres maletas y un rollo de pósters que provocaron la más dantesca entrada en un tren que imaginarse pueda. Y añadido a ello, last but not least y con motivos sobrados, la celebración tras celebración que fueron esos días.
Comenzamos el mismo viernes que me enteré, acabando bajo la lluvia que mojaba los alrededores de la parte alta de Aribau; con paréntesis de cena de alto standing, rodeado de fiscales, en un italiano del Eixample, para llegar pocos días después a saborear, en casa de un colega mexicano, uno de los platos más sublimes que me haya sido dado probar en mi vida: el mole. Sí, sin duda aprenderé a hacerlo. Y todo esto no fueron sino previos a la descomunal fiesta del jueves, donde mis amigos de Barcelona (qué grandes!!!!) se superaron en sus regalos –homenajes desde Noruega combinado con locura Cómo ser John Malkovich y acabado en parodias varias e ingenioso retruécano vía Dickens’ “Historia de dos ciudades”- para luego terminar en merecida y casi irrepetible embriaguez, en una extraña e íntima despedida solitaria de Cerdanyola. Y como epílogo, salida final el sábado, no tan alegre –cerca estaba ya el final- pero con algún momento irrepetible, en cierto modo más inolvidable, bajando la persiana y diciendo adiós con lágrimas de oro. O quizá hasta pronto.
Al día siguiente, y con la única compañía –qué mejor compañía, por otra parte- de Javi, que me escoltó hasta la estación para que supiera hasta el último momento cuántas cosas worth se quedaban en Barcelona, el Altaria me esperaba. Y viaje y llegada, y mientras iba en el taxi que nos llevaba a Rosa y a mí y al piso, disfrutando por primera vez como mío del paisaje matritense (tremendo ese anuncio de Torrente en el Calderón, por cierto) empecé a sentir la sensación que ha sido el denominador común de estos primeros días aquí: paz, tranquilidad, beatitud... Lo cual no quiere decir que no haya hecho cosas, que han sido muchísimas, pero todas con mucha calma, supongo que durante mucho tiempo la sonrisa estúpida en la boca, nada que me haya afectado ni me haya estresado demasiado, todo viene rodando.
Ese es el estado de ánimo, porque el balance de actividades en los cinco días justos que llevo aquí es abrumador.
Domingo: Reunión multitudinaria en casa con amigos de Rosa (y ya casi amigos míos) para ver el campeonatazo del mundo de SuperAlonso.
Lunes: Fui a Getafe a conocer mi nueva Universidad, en el mayor de sus campus, que por cierto me causó una impresión magnífica; fui guiado por un amiguete, hiperfreaky, hasta la misma puerta, con lo cual me evité las pérdidas habituales cuando uno llega por primera vez a un sitio. Allí, la superamable secretaria me enseñó el edificio y me dio un despacho “para cuando vaya por allí”. De paso, me hizo el carné de la biblioteca y me fue informando de la docencia que iba a tener.. Después, me fui a comer por ahí con mi amigo.
Martes: Como la chica que tenía que guiarme en el Campus donde voy a tener que estar no podía ir, me quedé haciendo investigación en casa, y aproveché para comer con Lola (la del Lolaberinto, para los blogueros) y de paso quedar para un concierto de Tiza esta noche. Es en el Búho Real, por si me lee alguien de Madrid.
Miércoles: Por fin conocí mi campus, que está en Colmenarejo, un pueblo de la Sierra.. Se hicieron ciertos mis temores sobre lo lejos que estaba (se tarde como una hora y algo en llegar desde mi casa) pero ahí se acaban todos los problemas. El campus es pequeñito, pero nuevo, con unas instalaciones magníficas y la profesora que me ha guiado en los primeros pasos, Elisenda, es un encanto. De hecho, es la única persona a tiempo completo que el departamento de Estadística tiene allí, hasta que vengan dos Ayudantes Doctores dentro de poco. Me lo estuvo enseñando todo, me metió en el magnífico despacho desde el que os escribo, y lo que es más importante, me ha ido presentando gente, que en general me está dando muy buena impresión. El momento de la socialización es el almuerzo –y creo que también los cafés, aunque aún no he ido- y esto parece una gran familia, pues creo que los permanentes no somos más de 30. Tiene buena pinta la cosa.
Así que terminado el aterrizaje, comencé a preparar las clases hasta que me fui (de todos modos no empiezo hasta dentro de 2 semanas), y por la noche acudí por primera vez en la temporada al Bernabéu –serán muchas- a un sitio buenísimo y baratísimo. Para colmo, vi un tiempo genial y ganó el Madriz.
Jueves: Fue el primer día que hice vida normal, facultad, trabajo, casa, pero por la noche cena en el piso con unos amiguetes supersimpáticos, y escuchando a otro que tiene un programa de radio y estuvo pinchando canciones de Frank Zappa. Una velada realmente muy agradable.
Viernes: pues es hoy. Así transcurren los días, y ya con planes, que os contaré si me queréis seguir leyendo, para todo el fin de semana. Sólo decir que todos y cada uno de los momentos en que no digo nada, los he pasado con Rosa, y eso, sin duda, es lo más grandioso del cambio de vida. Lo que me está acercando más que nunca, en años, a la felicidad.
Gracias al que haya llegado hasta aquí. En lo sucesivo seré más regular y breve en los posts.
Hasta el lunes!