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De todos es bien sabido que uno de las situaciones más indeseables en que puede hallarse una persona es no tener nada que comer, y que el hambre es uno de los afinadores de la inteligencia humana más poderosos que se conocen. Los hombres han llevado a cabo todo tipo de estratagemas para vencer la más fundamental de las escaseces, y sobre este tema se han llegado a escribir libros. Sin embargo, la iniciativa más original que conozco en este sentido tuvo lugar a finales de los años 40, y la llevaron a cabo una serie de prisioneros de guerra de la División Azul, que acuciados por la falta de alimento, decidieron... comerse un bosque!!! Y no sólo se contentaron con dejarlo como si por allí hubiera pasado una plaga de langosta, sino que mientras lo hacían proclamaban a los cuatro vientos que aquello sabía como los más exquisitos manjares. Cuál no fue su sorpresa cuando al cabo de unos días vieron que su piel empezaba a adquirir un tono algo verdoso., y cundió el pánico. Bastantes de ellos murieron de la intoxicación.”
La verdad es que debería ponerme a hacer ya algo productivo por la vida, porque hoy me he levantado tardísimo, pues como ya se sabe:
Mi historia con las cajas del Pato merece contarse. Cuando me dieron la plaza de Madrid, hace ya tres semanas, empaqueté todos mis artículos, documentos y otros papeles (excepto los más importantes, que se vinieron conmigo) en tres cajas que pensaba enviar directamente de Universidad en Universidad, desde la Autónoma de Barcelona a la Carlos III de Madrid. En principio pensé enviar al menos una de ellas a través del Departamento, pues Lola me había dicho que eso era posible. Por tanto, la llamé para confirmarlo, y mi gozo en un pozo; esa oferta sólo era válida para menores de 25 años; así que encima de no enviárseme las cajas, se me llamaba viejata sutilmente. La cuestión es que entonces realicé la planificación mental de lo que tenía que hacer, y era un coñazo supremo; tomar un carro y llevar las cajas al menos en dos viajes (cada una pesa alrededor de 18 kilos) a la estafeta de correos más cercana, lo cual implicaba o bien a) Salvar un desnivel de unos cuarenta escalones a pulso o bien b) Encontrar la llave para bajar el ascensor a las mazmorras, búsqueda sólo comparable a la del Santo Grial o las Minas del Rey Salomao. Y cuando estaba inmerso en estos pensamientos, me llegó, aun no sé de dónde, un rumor: "quizá puedas mandarlas a través del departamento". En la siguiente toma se me ve como una centella subir los tres pisos hasta secretaría y hablar con Tonich, el apagafuegos oficial del departamento y uno de los más preparados y eficientes burócratas (además de simpático) que me he echado a la cara. Y él me explica: “tenemos que hablarlo con el responsable económico del departamento, que casualmente está pasando por ahí”. Y nada, abordamos al individuo (que fue un gran colega dando clase, por cierto) el cual dijo algo así como “Sin problema, lo enviamos, y si sale muy caro le cargamos parte del coste a tu proyecto de investigación”. De alguna manera lo arreglarían, la cuestión es que yo no recibí mayor mención posterior al asunto. Cuando ya estaba todo ufano con las cajas en secretaría, me dice Tonich “Mmm creo que habrá que embalarlas, si no en Correos seguramente no nos las admitan”; así, mi última media hora de relación cajil en BCN fue convertido en el Puto Amo del Papel de Envolver. Por cierto que me divertí viendo pasar a la gente conocida que se paraba –una pared de la secretaría es transparente- y como primero me miraban con cara de extrañeza, luego comprendían, y dependiendo de si ya sabían de mi partida o no, entraban o no a decirme adiós. La verdad es que esos últimos días me sentí muy querido allí.
Hace tiempo, comencé una sección del blog donde me proponía encuadrar actitudes que se salieran de los tópicos reinantes. Aunque con frecuencia ando ojo avizor leyendo periódicos, es difícil encontrar a esta gente que se sale de lo políticamente correcto. Sin embargo, estos días he encontrado algo, en relación al Premio Planeta, que ha sido fallado recientemente, en favor de la novelista catalana Mari Pau Janer. Juan Marsé, escritor al que respeto mucho como tal (su novela "Últimas tardes con Teresa" siempre la voy recomendando por ahí) protagonizó una discusión bastante desagradable con la autora, y posteriormente ha dimitido de su puesto como miembro del jurado. Su punto de vista refleja lo que se piensa con bastante frecuencia de los premios literarios, aunque pocas veces alguien del mundillo habla tan claro. Os dejo un extracto de las declaraciones de Marsé, que aparecen hoy en las páginas de Cultura del País.
Disculpadme por la ausencia momentánea, pero ahora estoy escribiendo también con cierta regularidad en el blog "Notas de fútbol" (que por cierto, a quien le interese el deporte rey, está muy bien
), y eso me ha impedido aparecer con más regularidad.
Hoy me ha llamado la atención una entrevista que he visto en El País Digital, y que os recomiendo fervientemente. El entrevistado es David Bravo, abogado experto en propiedad intelectual, y coincido fuertemente con sus tesis, que se fundamentan en la tolerancia y en lo exagerado que es llamar piratería a la descarga de contenidos de Internet para el disfrute personal. Como muestra, un botón en forma de pregunta.
P. Que opinas de las campañas de publicidad con fondos públicos en contra de la pirateria y en contra de la descarga de libros, peliculas y música de internet (sin animo de lucro y para uso privado)
R. Me parecen indignantes en lo que se refiere a la descarga de obras intelectuales para uso privado. Pero además de indignantes llevan a una reflexión interesante sobre los llamados "costes de exclusión". Los costes de exclusión son aquellos desembolsos económicos necesarios para mantener a terceros fuera de nuestra propiedad. En la propiedad tradicional esos costes los soportan individualmente los propietarios. Por lo general una puerta de mediana calidad y un cerrojo suele ser suficiente para evitar que alguien entre en tu propiedad. En esos casos el Estado solo actúa en casos excepcionales. Pero ¿qué sucede cuando unos cuantos propietarios están empeñados en proteger como una propiedad lo que es etéreo e inapropiable? Lo que sucede es que los costos de exclusión se disparan. De nada sirve una puerta y un cerrojo para mantener a terceros fuera del uso de algo como la música. Se necesita algo diferente y mucho más caro. Para hacer frente a esos costos se echa mano del Estado que tiene que hacer una inversión desproporcionada porque intenta controlar que millones de personas no entren en un lugar que carece de paredes, puertas y ventanas. Se necesitan grandes gastos en policía especializada en redes telemáticas, investigación en tecnologías que rastreen los pasos de los internautas, campañas de disuasión etc., El resultado es que somos nosotros los que pagamos esos altos costos de exclusión que necesitan los “propietarios” de las obras. Si yo pudiera elegir, y dado que parece imposible frenar lo que es una práctica habitual de millones de personas en todo el mundo, preferiría que esos gastos se dirigieran no a impedir el uso libre de las obras intelectuales sino a equilibrar los efectos que este uso pudiera tener sobre los creadores. En lo que respecta a los fondos privados de la industria, creo que sería más útil para ellos que los dirigieran a cambiar un modelo de negocio que ya nada tiene que ver con los tiempos en los que vivimos. La otra opción que queda es perseguir y controlar lo que hacen todos y cada uno de los ciudadanos delante de su ordenador. Esa opción además de poco deseable, se me antoja imposible.
Y el final de la entrevista también ha sido homérico:
P. Una pregunta, por qué vende usted su libro, no sólo en los kioskos, sino también en Internet, y no lo regala en formato pdf o html, directamente? Si yo digitalizo su libro, podría colocarlo a disposición de todo el mundo, gratis, en una red p2p? Gracias
R. Se confunde usted, el libro también puede descargarse libremente desde esta página en diversos formatos: http://elastico.net/archives/005194.html
PD: Para quien no lo supiera, la web del País vuelve a tener gran parte de sus contenidos en abierto desde hace algún tiempo.
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