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El musolari errante

Vaya críticos

Vaya críticos

Ayer ponía Garci Memento, volví a ver la película y trasnoché bien trasnochado a ver si decían algo interesante en el coloquio. No sólo me decepcionó, sino que todavía me dura el cabreo. Estaban de contertulios Giménez Rico, Torres Dulce y Oti Rguez. Marchante. El último era el único que se notaba que había visto la peli las veces que hacen falta para entenderla completamente (seis o siete); para Torres Dulce, según propia confesión, era la tercera, y esperaba enterarse más que las dos anteriores; y para Giménez, era una película "curiosa" con una buena atmósfera y poco más. Los comentarios elogiosos, excepto los de Oti, se limitaban a decir que era buen cine negro (de los múltiples niveles en que se lee el filme, supongo que el más accesible a esta gente), el montaje sensacional y otros alardes de índole técnica, que parecían impresionar mucho esencialmente a Garci. Entre los peros, hubo uno que me repateó especialmente: decían que si ordenas la película se convierte en una historia vulgar, sin darse cuenta de que la esencia de la película es precisamente la deconstrucción del tiempo fílmico desde el triple punto de vista del protagonista, el director y el espectador. Y también pusieron mucho énfasis en la artificiosidad de muchas cosas, cuando es una película en la que todo tiene sentido: el blanco y negro relatando lo que está en la mente de Leonard y lo que vemos en sentido cronológico; la primera escena marcha atrás como indicación de lo que va a ocurrir; ni mención a la maravillosa escena en que se colorea tanto la foto como la mano, y que representa el nexo de unión temporal entre ambas porciones de la película. Y no mencionaron, ni por supuesto trataron de explicar -porque los pasaron por alto- los aparentes desajustes narrativos respecto a la naturaleza de la enfermedad de Leonard, ni los sutiles cambio de punto de vista, ni el extraordinario monólogo interior final, que lo explica prácticamente todo cuando uno conoce ya bien los resortes de Nolan, ni, en fin, el hecho de que es una película construida sobre lo que no vemos, en un doble nivel: primero, la historia que aparece pero de la que nosotros sólo conocemos lo equivalente a Leonard, y la subyacente de detrás, abierta en un principio a interpretaciones, pero con solución prácticamente única.

 

En fin, demasiada película para gente que esencialmente se quedó en los 70, ya que de hecho acabaron hablando de Marienbad, que por cierto es lo contrario de Memento. Marienbad es el azar, Memento es el determinismo del modo más férreo que haya concebido el cine, la soldadura perfecta a nivel cinematográfico, narrativo, conceptual y visual, como nunca antes se haya visto. Casi lo único que acertaron sin saberlo, fue hablando del cine experimental: Giménez Rico dijo que normalmente este tipo de alardes sorprenden y luego se olvidan (supongo que pensará que sus películas sí que van a sobrevivir para la posteridad XD), excepto cosas tipo Ciudadano Kane. Yo apuesto a que las generaciones futuras verán Memento como el Ciudadano Kane de los últimos 25 años.

Yo me bajo en Atocha

Yo me bajo en Atocha

 

Bueno, ya llevo casi dos meses en Madrid, y os dejo aquí esta conocida y no por ello menos maravillosa canción de Sabina. Quería haberla puesto cuando llegué, pero por unos motivos u otros se me pasó. Ahora tampoco está mal, poco a poco voy conociendo la ciudad y, de paso, entendiendo todo lo que dice. Yo me quedo en Madrid..

 

Con su boina calada,con sus guantes de seda,
su sirena varada, sus fiestas de guardar,
sue vuelva usted mañana, su sálvese quien pueda,
su partidita de mus, su fulanita de tal.

Con su todo es ahora, con su nada es eterno,
con su rap y su chotis, con su okupa y su skin,
aunque muera el verano y tenga prisa el invierno,
la primavera sabe que la espero en Madrid.

Con su otoño Velázquez, con su Torre Picasso,
su santo y su torero, su Atleti, su Borbón,
sus gordas de Botero, sus hoteles de paso,
su taleguito de hash, sus abuelitos al sol.

Con su hoguera de nieve, su verbena y su duelo,
su dieciocho de julio, su catorce de abril.

A mitad de camino entre el infierno y el cielo
yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid.

Aunque la noche delire como un pájaro en llamas.
Aunque no dé la gloria la Puerta de Alcalá.
Aunque la maja desnuda cobre quince en la cama.
Aunque la maja vestida no se deje besar.

Pasarela "Cibeles", cárcel de Yeserías,
Puente de los Franceses, tascas de Chamberí
ya no sueña aquel niño que soñó que escribía,
Corazón de María, no me dejes así...

Corte de los Milagros, Virgen de la Almudena,
chabolas de uralita, Palacio de Cristal,
con su no "pasaran", con su "vivan las caenas"
su cementerio civil,su banda municipal.

He llorado en Vencia,
me he perdido en Manhattan,
he crecido en la Habana,
he sido un paria en París.
México me atormenta, Buenos Aires me mata,
pero siempre hay un tren 
que desemboca en Madrid.

Pero siempre hay un niño que envejece en Madrid,
pero siempre hay un coche que derrapa en Madrid,
pero siempre hay un fuego 
que se enciende en Madrid,
pero siempre hay un barco que naufraga en Madrid,
pero siempre hay un sueño 
que se despierta en Madrid,
pero siempre hay un vuelo de regreso a Madrid.

Ciudad soñada...

Ciudad soñada...

 

 Hoy os voy a dejar aquí una descripción de Venecia que ha hecho mi amigo Alberto, pero que podría estar firmada por cualquier gran escritor. Realmente me ha impresionado.

 

¿Qué decir de Venecia? Pertenece si duda a los sentidos porque racionalmente es una ciudad imposible. Si intentamos razonar Venecia sólo podemos concluir que Venecia no existe. No está en el mar, pero tampoco en tierra. No pertenece a occidente, pero tampoco sin duda a oriente. No parece una ciudad italiana, pero tampoco puede ser de ningún otro lugar. Cómo ciudad moderna es inconcebible, pero tampoco es antigua ni siquiera medieval. Ni cristiana ni pagana, república monárquica, súbdita y a la vez dueña del Imperio, sus amos eran prisioneros, sus prisiones obras de arte, de su derrota surgió el libro de las maravillas, tras su victoria perdió su imperio, inexpugnable e indefendible,  inconquistable durante más de un milenio, fue tomada sin lucha, dueña del mar y a su merced, sus casas parecen buscar el cielo aunque se hunden en el fango, su catedral en cambio se pega a la tierra…

Adivina adivinanza (II)

Adivina adivinanza (II)

Aquí os dejo una foto para que el fin de semana, si os apetece, tratéis de averiguar quién es. Pista: se trata de un amor de juventud, mío y de mucha más gente. El premio, como siempre, caramelos. Compañeros de la UAB abstenerse.

Nombres que no nombran

Venía esta mañana en el autobús camino de la Universidad, y por una vez he encontrado un ratito para mirar por la ventanilla, superado momentáneamente el sueño y abandonada hasta esta tarde Anna Karenina. Y cuando ya estaba cerca de mi destino, he observado un edificio decadente rodeado por un jardín desierto donde sólo aguantaban unos columpios con aspecto de no haber sido utilizados en años. Ganado por el paisaje bucólico, he seguido mirando y he comprobado que una gran parte del pueblo posee, a esa hora temprana y con luz lateral, una sensación de abandono que puebla el corazón de agradable melancolía.

 Sin embargo, como mi ánimo ahora mismo está más racional que nostálgico, las reflexiones que me han ocupado después han sido de un orden diferente. Como obseso de los nombres que soy, he pensado lo mal que le pega a este lugar llamarse Colmenarejo, que a mí, pues no sé, me sugiere una imagen rural, con casas encaladas, jumentos cruzando la calzada y charla de ancianas con la mecedora en el portal; no este lugar con perfume a novela de Scott Fitzgerald. Y hay tantos sitios así en el mundo... Quizá por esto me gusta Tolkien, porque en sus obras los sitios (y las personas) se llaman siempre como tienen que llamarse.

La plaza de las Palmeras

El otro día, en plena Plaza Mayor de Madrid charlaba con unos amigos sobre las plazas que más me nos habían impresionado: mientras que uno se inclinaba por la magnificencia de la Plaza de Concordia de París, otro escogía las columnas sin fin de San Pedro, el contraste entre ascetismo y barroco de la Plaza del Obradoiro o las agujas sin fin que decoran la Grande Place. Y ya de camino a casa, me quedé pensando en otros tantos de esos cruces de caminos que mis pies habían hollado, y que me habían de dejado huella. Como Alexanderplatz, con su imposible mezcla de modernidad y clasicismo en medio de una explanada que se diría ilimitada; o en el extremo opuesto, esas plazas porticadas como la de los Vosgos o la Plaza Real en Barcelona, donde parece que todo se domina a la vez que uno se siente seguro... O la plaza de San Marcos, hogar de la luz entre la decadencia y el gran canal; y ya que estamos frente al agua, la elegante decrepitud de la Plaza del Comercio en Lisboa. Y también todas las que me faltan, el enorme zócalo, la Plaza Roja, Piccadilly...

 
 ¡Qué hermoso es viajar!

Día de Difuntos...

Día de Difuntos...

A pesar de que en mi estado anímico actual pesa bastante más la luz que las tinieblas, parece un buen momento hoy para aprovechar la efeméride y recordar un poquito a los que ya no están. Hagámoslo por medio de dos las plumas más brillantes y lúcidas que ha dado la literatura española, Fígaro y Dámaso:

 

“Vamos claros, dije yo para mí, ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso se apoderó de mí, y comencé a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio. Pero vasto cementerio donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza o de un deseo.

Entonces, y en tanto que los que creen vivir acudían a la mansión que presumen de los muertos, yo comencé a pasear con toda la devoción y recogimiento de que soy capaz las calles del grande osario.

–¡Necios! –decía a los transeúntes–. ¿Os movéis para ver muertos? ¿No tenéis espejos por ventura? ¿Ha acabado también Gómez con el azogue de Madrid? ¡Miraos, insensatos, a vosotros mismos, y en vuestra frente veréis vuestro propio epitafio! ¿Vais a ver a vuestros padres y a vuestros abuelos, cuando vosotros sois los muertos? Ellos viven, porque ellos tienen paz; ellos tienen libertad, la única posible sobre la tierra, la que da la muerte; ellos no pagan contribuciones que no tienen; ellos no serán alistados ni movilizados; ellos no son presos ni denunciados; ellos, en fin, no gimen bajo la jurisdicción del celador del cuartel; ellos son los únicos que gozan de la libertad de imprenta, porque ellos hablan al mundo. Hablan en voz bien alta y que ningún jurado se atrevería a encausar y a condenar. Ellos, en fin, no reconocen más que una ley, la imperiosa ley de la Naturaleza que allí los puso, y ésa la obedecen.

 […]

Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos.

¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! ¡Aquí yace la esperanza!

¡Silencio, silencio! “

De “El Día de los Difuntos de 1836”.

 

                            Oh, nunca os pensaré, hermanos, padre, amigos, con nuestra carne humana, en nuestra diaria servidumbre,
                                                                               en hálito o en afición semejantes
                                                                      a las de vuestros tristes días de crisálidas.
                                                                      No, no. Yo os pienso luces bellas, luceros,
                                                                                            fijas constelaciones

                                              
de un cielo inmenso donde cada minuto,
                                                                            innumerables lucernas se iluminan.

[…]

 

Ah, nosotros somos un horror de salas interiores en cavernas sin fin,
una agonía de enterrados que se despiertan a la media noche,
un fluir subterráneo, una pesadilla de agua negra por entre minas de carbón,
de triste agua, surcada por la más tórpidas lampreas,
nosotros somos un vaho de muerte,
un lúgubre concierto de lejanísimos cárabos, de agoreras zumayas, de los más secretos autillos.

 

                                          Nosotros somos como horrendas ciudades que hubieran siempre vivido en black-out,
                                                    siempre desgarradas por los aullidos súbitos de las sirenas fatídicas.
                                     Nosotros somos una masa fungácea y tentacular, que avanza en la tiniebla a horrendos tentones,
                                                                         monstruosas, tristes, enlutadas amebas.

                                                                                                           […]

¡Canten, canten la trompa y el timbal!
Vosotros sois los despiertos, los díáfanos,
los fijos.
Nosotros somos un turbión de arena,
nosotros somos médanos en la playa,
que hacen rodar los vientos y las olas,
nosotros, sí, los que estamos cansados,
nosotros, sí, los que tenemos sueño.

De “En el día de los difuntos”, incluido en el libro “Hijos de la ira” (1944).

 

Piratas de andar por casa

 

 Disculpadme por la ausencia momentánea, pero ahora estoy escribiendo también con cierta regularidad en el blog "Notas de fútbol" (que por cierto, a quien le interese el deporte rey, está muy bienWink), y eso me ha impedido aparecer con más regularidad.

  Hoy me ha llamado la atención una entrevista que he visto en El País Digital, y que os recomiendo fervientemente. El entrevistado es David Bravo, abogado experto en propiedad intelectual, y coincido fuertemente con sus tesis, que se fundamentan en la tolerancia y en lo exagerado que es llamar piratería a la descarga de contenidos de Internet para el disfrute personal. Como muestra, un botón en forma de pregunta.

   P. Que opinas de las campañas de publicidad con fondos públicos en contra de la pirateria y en contra de la descarga de libros, peliculas y música de internet (sin animo de lucro y para uso privado)

   R. Me parecen indignantes en lo que se refiere a la descarga de obras intelectuales para uso privado. Pero además de indignantes llevan a una reflexión interesante sobre los llamados "costes de exclusión". Los costes de exclusión son aquellos desembolsos económicos necesarios para mantener a terceros fuera de nuestra propiedad. En la propiedad tradicional esos costes los soportan individualmente los propietarios. Por lo general una puerta de mediana calidad y un cerrojo suele ser suficiente para evitar que alguien entre en tu propiedad. En esos casos el Estado solo actúa en casos excepcionales. Pero ¿qué sucede cuando unos cuantos propietarios están empeñados en proteger como una propiedad lo que es etéreo e inapropiable? Lo que sucede es que los costos de exclusión se disparan. De nada sirve una puerta y un cerrojo para mantener a terceros fuera del uso de algo como la música. Se necesita algo diferente y mucho más caro. Para hacer frente a esos costos se echa mano del Estado que tiene que hacer una inversión desproporcionada porque intenta controlar que millones de personas no entren en un lugar que carece de paredes, puertas y ventanas. Se necesitan grandes gastos en policía especializada en redes telemáticas, investigación en tecnologías que rastreen los pasos de los internautas, campañas de disuasión etc., El resultado es que somos nosotros los que pagamos esos altos costos de exclusión que necesitan los “propietarios” de las obras. Si yo pudiera elegir, y dado que parece imposible frenar lo que es una práctica habitual de millones de personas en todo el mundo, preferiría que esos gastos se dirigieran no a impedir el uso libre de las obras intelectuales sino a equilibrar los efectos que este uso pudiera tener sobre los creadores. En lo que respecta a los fondos privados de la industria, creo que sería más útil para ellos que los dirigieran a cambiar un modelo de negocio que ya nada tiene que ver con los tiempos en los que vivimos. La otra opción que queda es perseguir y controlar lo que hacen todos y cada uno de los ciudadanos delante de su ordenador. Esa opción además de poco deseable, se me antoja imposible.

 Y el final de la entrevista también ha sido homérico:

   P. Una pregunta, por qué vende usted su libro, no sólo en los kioskos, sino también en Internet, y no lo regala en formato pdf o html, directamente? Si yo digitalizo su libro, podría colocarlo a disposición de todo el mundo, gratis, en una red p2p? Gracias

  R. Se confunde usted, el libro también puede descargarse libremente desde esta página en diversos formatos: http://elastico.net/archives/005194.html

 

 PD: Para quien no lo supiera, la web del País vuelve a tener gran parte de sus contenidos en abierto desde hace algún tiempo.

Currándose regalos

Hace algunos días meditaba en silencio sobre la pregunta que es la base de “The Game”: ¿qué le regalarías a un hombre que lo tiene todo? Por supuesto, mi mente no llegó a desbarrar tanto como lo hace la de Sean Penn en la imperfecta pesadilla que es esa peli, y sin embargo se me ocurrió una respuesta apropiada: un buen regalo sería presentarle a alguien que realmente deseara conocer, y cuya vida estuviera suficientemente lejos de la vida cotidiana del homenajeado como para que la posibilidad de que se conocieran por azar fuera altamente improbable.

Y ahora pregunto: si os dieran esa opción, quién sería la persona que más os gustaría conocer? Después de pensarlo un ratito corto, llegué a la conclusión de que me encantaría ver aparecer en mi fiesta de cumpleaños a Santi Segurola. Una conversación de horas con ese hombre sería un tesoro.

Pobre de mí

Pobre de mí

Quiero ir a los sanfermines. Un año más había olvidado la conmemoración del santo patrón, nada extraño, pues a mi amnesia habitual se une tanto que el 7 de Julio es el cumple de dos amigas como el título de un Episodio de Galdós, y ambas referencias llevan mi mente lejos de donde debiera estar. Así vivía yo feliz en la inopia, cuando al poner el telediario ayer, veo a una multitud fervorosa de lo pagano en la plaza de todos los años, con el blanco ligeramente enrojecido de todos los años, esperando el chupinazo de siempre, y dándome, por supuesto, la envidia de siempre. Unas veces porque no me acuerdo, otras porque no encuentro gente, otras por falta de planteamiento.

Pero de aquí no pasa; el año que viene, como demostración innecesaria de que entro en el treintañero mundo de los adultos con las mismas ganas de juerga que siempre he tenido (y que de hecho para algunas personas, casi erróneamente, me definen) voy a ir allí; y aunque mi naturaleza medio cobarde medio racional me alejará de la locura de la Estafeta, quiero probar qué son esos nueve días de desmadre sin fin. Y de paso, a reforzar mi fe en el vino…

Estáis invitados.

Por una vez en la vida

Por una vez en la vida

Quería escribir un poco sobre la fugacidad y cómo combatirla. Llevo un mes entero yendo de congreso en congreso (lo cual es por cierto causa de pequeñas ausencias de mi blog) y en estos eventos uno cultiva relaciones con la gente que podemos calificar de especiales, o al menos, no muy habituales. Con unos pocos haces una auténtica amistad, que luego se expande fuera de estos eventos; como siempre, los buenos amigos son los más escasos, y esto ocurre rara vez. Luego está el gran bloque de esa gente que trabaja en algo parecido a lo tuyo, y a los que por tanto, siempre que no abandones o ellos no lo hagan –cosa cada vez más frecuente en Matemáticas, por desgracia- irás viendo periódicamente y a los que será agradable (o desagradable) reencontrar; además, siempre acaba uno charlando con ellos, se diría que se acaba teniendo una relación “por ósmosis”.

Pero además, existe un tercer tipo. Son aquellos a los que encuentras en una conferencia, y se da la curiosa, a veces terrible, circunstancia de que es muy probable que no los vuelvas a ver. Gente que no es de tu rama pero por algún motivo especial quería asistir, o al revés, es un congreso de otro tema que te interesaba ti; o bien alguien que viene de un sitio muy lejano y es improbable que regrese a la vieja Europa; o… La cuestión es que, con este tipo de personas (y con muchas otras en circunstancias parecidas, lo del congreso es sólo mi contexto particular), la duración del evento es el mundo, fuera no hay nada.

Hace unos días, un amigo intentaba convencerme de la inutilidad de mandarle un mail a una de estas personas después de terminada esta fugaz conexión; su argumento era, básicamente, que sería una pérdida de tiempo y un desperdicio intelectual. Sin embargo, el motivo que me ha llevado a escribir a este post es reivindicar justamente lo contrario: un minuto, una hora, un día con alguien con quien hayas compartido un café, un paseo o aunque haya sido sólo un rato de charla, son horas rescatadas del olvido, máxime si van asociadas a una cara que quizá nunca vuelvas a ver (quién asegura eso, de todos modos, la vida es una tototómbola). No es pues justo intentar prolongar esa “magia” aunque sólo sea por un instante fugaz y con unos renglones mal escritos? Por mucho que el sentimiento práctico de la vida diga lo contrario, yo creo que sí.

¿Qué pensáis vosotros?

De vuelta

Hagas lo que hagas, el amor está donde miras; en los más escondidos rincones, o quizá en lo más profundo de tus sueños...

Qué mejor manera de retomar el blog que con las esperanzadas y a la vez etéreas frases de Cabrel... Ha sido un verano –o quizá mejor está siendo, porque falta por tachar en mi agenda una visita a la Plaza del Obradoiro- muy viajado, más vivido y, en fin, inolvidable. Siete perlas os dejo a modo de pálido y escueto resumen:

- Mecido por las suave corriente del Miño, dulce y tibia, y tras un breve intervalo de charla y cielo, las despiadadas, gélidas y salinas olas del Atlántico... en el mismo lugar.

- La locura en La Guardia, tambores y más tambores, bombo, redoble y ruido, horas y horas, quizá días, para acabar mezclando la sangre de los dedos con el vino derramándose y manchando brazos, caras, bocas, piernas, orgía montañesa, tumulto ancestral.

- Un paréntesis en el mar de alegría que es la feria; dos amigos en la pantalla y otros dos mirándolos, uniéndose casi imperceptiblemente California y Málaga, los caldos de Santa Bárbara con el Marqués de Cáceres, Javi y yo entre copas.

- Huelva, esa hora que precede al amanecer, la mesa donostiarra, cuadrada y añosa, traída para la ocasión; cuatro despiertos entre cuerpos inertes, envido, envido más, quiero, órdago, para ti. Y enfrente, el rostro que amo ver cuando oigo esas palabras.

- Mirando el mar en Mazagón, en una playa sin fin que bordea una orilla eterna, sólo escuchando, sólo eso, lost souls, y horas pasando cuyo final es una gran desgracia.

- En una terraza tostadas sin cuento, cafés, zumos de naranja, vasos de agua, servilletas, ceniceros, periódicos... Y alrededor amigos, que charlan, que callan, llegan y se van, ríen o simplemente están, la camarera desbordada. Es Badajoz, donde los desayunos se hacen grandes en la nostalgia, quizá porque no terminan jamás.

- Y lo último y mejor, escuchar la voz de ultratumba del Comendador, vuelto de entre los muertos, en el mismo lugar donde Amadeus la brindó al mundo por primera vez. Y con mi diosa junto a mí, centro de todas las miradas en una capital donde la belleza es la regla y no la excepción, París del Este...

It's party time!!!!!!

Bueno, como estoy a punto de empezar un ZooTour que me va a llevar por Madrid (que es donde ahora estoy), La Guardia, Málaga, Huelva, Praga, Badajoz, Barcelona y Santiago y no tendré acceso a Internete, este blog se toma vacaciones hasta Septiembre.

Besitos para ellas y abrazos para ellos.

Ramón J.

Madrid, Madrid, Madrid...

Bueno, ya estoy en Madrid. Qué pronto se dice, después de haber echado como cuarenta o cincuenta plazas y haberlo intentado durante un año y medio casi ininterrumpidamente. Pero ya, a falta de unos pequeños flecos como son la dirección de correo electrónico de la Universidad o dar mi primera clase, que seguramente será de Investigación Operativa a informáticos (me estoy convirtiendo en el puto amo ¿? del método del simplex), estoy completamente establecido en la capital del Reino. De hecho, no pensaba que fuera a llevarme tan poco tiempo la instalación y adaptación; aunque también es verdad que a ratos freno un poco, me miro, echo un vistazo al piso del Barrio del Pilar –aún me cuesta pensarlo como mi casa, y afortunadamente “piso de Rosa” ya es incompleto, creo que de ahora en adelante, recordando a Julito, lo llamaré simplemente “El Cuchitril”- y pienso en cuánto ha cambiado mi vida de dos semanas acá, y en si todo esto será real. Pero cada vez me doy dando más cuenta de que sí, de que es así.

La semana pasada, o mejor dicho, los diez días que transcurrieron desde el viernes en que recibí la noticia hasta el domingo en que pasado en que me vine a Madrid constituye uno de los periodos cortos más intensos de mi vida. La mudanza fue de proporciones nunca probadas: 10 cajas repartidas entre Madrid, Badajoz y Colmenarejo, algunas de las cuales todavía están en camino, más tres maletas y un rollo de pósters que provocaron la más dantesca entrada en un tren que imaginarse pueda. Y añadido a ello, last but not least y con motivos sobrados, la celebración tras celebración que fueron esos días.

Comenzamos el mismo viernes que me enteré, acabando bajo la lluvia que mojaba los alrededores de la parte alta de Aribau; con paréntesis de cena de alto standing, rodeado de fiscales, en un italiano del Eixample, para llegar pocos días después a saborear, en casa de un colega mexicano, uno de los platos más sublimes que me haya sido dado probar en mi vida: el mole. Sí, sin duda aprenderé a hacerlo. Y todo esto no fueron sino previos a la descomunal fiesta del jueves, donde mis amigos de Barcelona (qué grandes!!!!) se superaron en sus regalos –homenajes desde Noruega combinado con locura Cómo ser John Malkovich y acabado en parodias varias e ingenioso retruécano vía Dickens’ “Historia de dos ciudades”- para luego terminar en merecida y casi irrepetible embriaguez, en una extraña e íntima despedida solitaria de Cerdanyola. Y como epílogo, salida final el sábado, no tan alegre –cerca estaba ya el final- pero con algún momento irrepetible, en cierto modo más inolvidable, bajando la persiana y diciendo adiós con lágrimas de oro. O quizá hasta pronto.

Al día siguiente, y con la única compañía –qué mejor compañía, por otra parte- de Javi, que me escoltó hasta la estación para que supiera hasta el último momento cuántas cosas worth se quedaban en Barcelona, el Altaria me esperaba. Y viaje y llegada, y mientras iba en el taxi que nos llevaba a Rosa y a mí y al piso, disfrutando por primera vez como mío del paisaje matritense (tremendo ese anuncio de Torrente en el Calderón, por cierto) empecé a sentir la sensación que ha sido el denominador común de estos primeros días aquí: paz, tranquilidad, beatitud... Lo cual no quiere decir que no haya hecho cosas, que han sido muchísimas, pero todas con mucha calma, supongo que durante mucho tiempo la sonrisa estúpida en la boca, nada que me haya afectado ni me haya estresado demasiado, todo viene rodando.

Ese es el estado de ánimo, porque el balance de actividades en los cinco días justos que llevo aquí es abrumador.

Domingo: Reunión multitudinaria en casa con amigos de Rosa (y ya casi amigos míos) para ver el campeonatazo del mundo de SuperAlonso.

Lunes: Fui a Getafe a conocer mi nueva Universidad, en el mayor de sus campus, que por cierto me causó una impresión magnífica; fui guiado por un amiguete, hiperfreaky, hasta la misma puerta, con lo cual me evité las pérdidas habituales cuando uno llega por primera vez a un sitio. Allí, la superamable secretaria me enseñó el edificio y me dio un despacho “para cuando vaya por allí”. De paso, me hizo el carné de la biblioteca y me fue informando de la docencia que iba a tener.. Después, me fui a comer por ahí con mi amigo.

Martes: Como la chica que tenía que guiarme en el Campus donde voy a tener que estar no podía ir, me quedé haciendo investigación en casa, y aproveché para comer con Lola (la del Lolaberinto, para los blogueros) y de paso quedar para un concierto de Tiza esta noche. Es en el Búho Real, por si me lee alguien de Madrid.

Miércoles: Por fin conocí mi campus, que está en Colmenarejo, un pueblo de la Sierra.. Se hicieron ciertos mis temores sobre lo lejos que estaba (se tarde como una hora y algo en llegar desde mi casa) pero ahí se acaban todos los problemas. El campus es pequeñito, pero nuevo, con unas instalaciones magníficas y la profesora que me ha guiado en los primeros pasos, Elisenda, es un encanto. De hecho, es la única persona a tiempo completo que el departamento de Estadística tiene allí, hasta que vengan dos Ayudantes Doctores dentro de poco. Me lo estuvo enseñando todo, me metió en el magnífico despacho desde el que os escribo, y lo que es más importante, me ha ido presentando gente, que en general me está dando muy buena impresión. El momento de la socialización es el almuerzo –y creo que también los cafés, aunque aún no he ido- y esto parece una gran familia, pues creo que los permanentes no somos más de 30. Tiene buena pinta la cosa.
Así que terminado el aterrizaje, comencé a preparar las clases hasta que me fui (de todos modos no empiezo hasta dentro de 2 semanas), y por la noche acudí por primera vez en la temporada al Bernabéu –serán muchas- a un sitio buenísimo y baratísimo. Para colmo, vi un tiempo genial y ganó el Madriz.

Jueves: Fue el primer día que hice vida normal, facultad, trabajo, casa, pero por la noche cena en el piso con unos amiguetes supersimpáticos, y escuchando a otro que tiene un programa de radio y estuvo pinchando canciones de Frank Zappa. Una velada realmente muy agradable.

Viernes: pues es hoy. Así transcurren los días, y ya con planes, que os contaré si me queréis seguir leyendo, para todo el fin de semana. Sólo decir que todos y cada uno de los momentos en que no digo nada, los he pasado con Rosa, y eso, sin duda, es lo más grandioso del cambio de vida. Lo que me está acercando más que nunca, en años, a la felicidad.

Gracias al que haya llegado hasta aquí. En lo sucesivo seré más regular y breve en los posts.

Hasta el lunes!

Uno de esos días en que la vida se luce poniendo ante ti un caramelo...

Uno de esos días en que la vida se luce poniendo ante ti un caramelo...

Estoy aún descolocado, así que de momento sólo voy a anunciarlo tal cual, para quien aún no lo sepa: me voy a vivir a Madrid dentro de unos siete-diez días, con una plaza de ayudante en el Departamento de Estadística de la Universidad Carlos III.

Muchísimos pensamientos me pasan por la cabeza, en su mayoría positivos, que espero ir desglosando en sucesivos posts.

Guerra al tópico (II)

Guerra al tópico (II)

Hace tiempo, comencé una sección del blog donde me proponía encuadrar actitudes que se salieran de los tópicos reinantes. Aunque con frecuencia ando ojo avizor leyendo periódicos, es difícil encontrar a esta gente que se sale de lo políticamente correcto. Sin embargo, estos días he encontrado algo, en relación al Premio Planeta, que ha sido fallado recientemente, en favor de la novelista catalana Mari Pau Janer. Juan Marsé, escritor al que respeto mucho como tal (su novela "Últimas tardes con Teresa" siempre la voy recomendando por ahí) protagonizó una discusión bastante desagradable con la autora, y posteriormente ha dimitido de su puesto como miembro del jurado. Su punto de vista refleja lo que se piensa con bastante frecuencia de los premios literarios, aunque pocas veces alguien del mundillo habla tan claro. Os dejo un extracto de las declaraciones de Marsé, que aparecen hoy en las páginas de Cultura del País.

Un periodista requirió su opinión sobre el nivel de calidad de las novelas presentadas. Marsé respondió contundente: "Mi opinión personal es que el nivel es bajo y en algunos tramos subterráneo. Alguna novela promete, apunta alto en sus planteamientos, pero se acaba frustrando. El premio no puede quedar desierto, así que nos vemos obligados a votar la menos mala".

"Ocurre, simplemente, que estoy un poco harto de novelas insustanciales con premio o sin premio que ocupan tanto espacio mediático en perjuicio de otras con empeños más honestos y ambiciosos, pero que apenas les dejan espacio para respirar", declaró ayer Marsé. "Sé que esto tiene difícil arreglo, que así está el mercado, que el cotarro cultural y mediático es el que tenemos y que responde a intereses y bolsillos que tienen muy poco que ver con la literatura según yo la entiendo, pero en cualquier caso yo me niego a dar gato por liebre, ya sea como miembro del jurado en un concurso literario o como simple ciudadano al que le piden una opinión sobre un libro".

[...]

"Aunque sólo fuera por respeto a los demás autores que se han presentado al concurso y no han llegado a la final, yo no podía celebrar las novelas ganadoras, que considero fallidas. Los autores, que esta vez no han llegado, también merecen la verdad. Lamento ser el malo de la peli, y reitero mi respeto a los compañeros del jurado, a su secretario y a su portavoz, pero creo que lo mejor es que me retire", declaró a este diario.

"En cuanto a la novela ganadora y a la finalista, no dudo de las buenas intenciones de la autora y el autor respectivos y les deseo lo mejor en próximas aventuras, pero las buenas intenciones no tienen nada que ver con la buena literatura".

"Me gustaría añadir lo que ya dije una vez en relación con la literatura de ficción, tal como hoy se nos vende, en tanto premios: que es una literatura que se asemeja cada vez más al mundo del prêt-á-porter, y que el verdadero reto para un escritor actual no es entrar en ese mundo, sino ser capaz de rechazarlo".

Correos' dead men

Correos' dead men

Mi historia con las cajas del Pato merece contarse. Cuando me dieron la plaza de Madrid, hace ya tres semanas, empaqueté todos mis artículos, documentos y otros papeles (excepto los más importantes, que se vinieron conmigo) en tres cajas que pensaba enviar directamente de Universidad en Universidad, desde la Autónoma de Barcelona a la Carlos III de Madrid. En principio pensé enviar al menos una de ellas a través del Departamento, pues Lola me había dicho que eso era posible. Por tanto, la llamé para confirmarlo, y mi gozo en un pozo; esa oferta sólo era válida para menores de 25 años; así que encima de no enviárseme las cajas, se me llamaba viejata sutilmente. La cuestión es que entonces realicé la planificación mental de lo que tenía que hacer, y era un coñazo supremo; tomar un carro y llevar las cajas al menos en dos viajes (cada una pesa alrededor de 18 kilos) a la estafeta de correos más cercana, lo cual implicaba o bien a) Salvar un desnivel de unos cuarenta escalones a pulso o bien b) Encontrar la llave para bajar el ascensor a las mazmorras, búsqueda sólo comparable a la del Santo Grial o las Minas del Rey Salomao. Y cuando estaba inmerso en estos pensamientos, me llegó, aun no sé de dónde, un rumor: "quizá puedas mandarlas a través del departamento". En la siguiente toma se me ve como una centella subir los tres pisos hasta secretaría y hablar con Tonich, el apagafuegos oficial del departamento y uno de los más preparados y eficientes burócratas (además de simpático) que me he echado a la cara. Y él me explica: “tenemos que hablarlo con el responsable económico del departamento, que casualmente está pasando por ahí”. Y nada, abordamos al individuo (que fue un gran colega dando clase, por cierto) el cual dijo algo así como “Sin problema, lo enviamos, y si sale muy caro le cargamos parte del coste a tu proyecto de investigación”. De alguna manera lo arreglarían, la cuestión es que yo no recibí mayor mención posterior al asunto. Cuando ya estaba todo ufano con las cajas en secretaría, me dice Tonich “Mmm creo que habrá que embalarlas, si no en Correos seguramente no nos las admitan”; así, mi última media hora de relación cajil en BCN fue convertido en el Puto Amo del Papel de Envolver. Por cierto que me divertí viendo pasar a la gente conocida que se paraba –una pared de la secretaría es transparente- y como primero me miraban con cara de extrañeza, luego comprendían, y dependiendo de si ya sabían de mi partida o no, entraban o no a decirme adiós. La verdad es que esos últimos días me sentí muy querido allí.

Así que pasaron esas semanas, yo me sentía afortunado por haber sido capaz de quitarme ese peso –nunca mejor dicho- de encima, y cuando llegué al campus de Colmenarejo y ya me dieron despacho y tal estuve varios días esperando que llegara mi envío, que no me había auto-enviado (puesto que no sabía el tiempo que tardaría en estar “oficialmente” aquí) sino que lo puse a nombre de una profesora de aquí que ejerce de anfitriona. La cuestión es que la cosa se retrasaba, hasta que al cabo de unos días nos llegó un aviso de que las cajas estaban en la sucursal de Correos de Colmenarejo; como venía el número de teléfono en el papelajo, llamé y me dijeron que la costumbre en los envíos que iban a la Uni que no eran cartas era dejar el aviso –y el tío dejaba implícito que tenía que ir a recogerlos yo, claro-. Le expuse mi caso, que eran tres cajas grandes, y yo no tenía coche, y al final el hombre me dijo que sí, que se lo diría al cartero que lleva el correo y que me las traerían. Muy contento seguí esperando, y las cajas seguían sin venir. Así, hablé con la conserje, Justi, quien me dijo no solamente que las cajas no habían llegado, sino que era realmente extraño que el mensajero las trajera, puesto que no solía hacerlo. Aquello me escamó bastante, máxime al recordar la ambigüedad de lo que me había dicho el hombre de Correos, así que volví a llamarle. El hombre más o menos seguía más o menos con la misma cantinela, aunque con un dato nuevo: por él sí me las traían, pero todo dependía del cartero, Héctor. Afortunadamente para mi estabilidad mental, el individuo en cuestión se hallaba en ese momento en la oficina, así que pude hablar directamente con él. Cuando le pregunté sobre el particular, comenzó una interminable diatriba diciendo que él no estaba empleado por Correos sino por una compañía de mensajería que tenía un convenio con la Carlos III, que antes sí que había llevado a cajas a la Universidad “como un favor” pero que últimamente había demasiadas, estaba harto y no llevaba ni una más, que para que él trajera las cajas antes tenía que celebrarse una reunión de nosequién del Comité de algo con nosecuántos, y otras historias por el estilo.La verdad, me abrió la puerta a un interesante mundo del cual era completamente ignorante, el de la angustia existencial mensajeril. Cuando al grito de “Éste no me las trae” mi cabeza había puesto ya el automático, el tipo me dice: “Yo voy ahora a la Universidad, si quiere hablamos”. Cuando le pregunté si eso me daba más posibilidades de convencerle, me dijo que no, así que hastiado y cabreado, todo a la vez, le dijo adiós y corté. Sólo unas horas después me di cuenta de que una hipotética conversación cara a cara hubiera versado seguramente sobre las milagrosas propiedades de las propinas, pero ya os digo, era un mundo nuevo para mí. Muy mosqueado, miré en la página de Correos, y los muy jichos se curan en salud: en ningún sitio dicen que el Paquete Azul se entregue en casa, así que hay que andar con ojo si uno hace un envío a un pueblo.

Así que ya tenía el problema planteado: cómo llevar tres cajas de dieciocho kilos desde un lugar indeterminado de Colmenarejo hasta mi despacho, también indeterminado (hasta hoy mismo no he sabido que al final permaneceré en éste, Deo gratias, pero esa es otra historia). Cualquiera diría: pues nada, se le dice a alguien que tenga coche que te lleve, y santas pascuas. La idea, buenísima, tiene sin embargo dos graves defectos: el primero, que cuando uno está recién llegado a algún sitio, no tiene confianza con la gente para pedir según qué tipo de favores, en un lugar donde al que además mucha gente no va en su propio vehículo; y segundo, que aun cuando encontrase al Buen Colmenarejano, debería dejar el coche a unos 50 m de la entrada, con lo cual lo obligaría moralmente a ayudarme o esperarlo. Y no es plan. Con una cosa más: debería ser capaz de guiarlo hasta la oficina, cuando no tenía ni idea de dónde estaba. Así que la localización, materia en la que soy experto, se convirtió en el primer problema por resolver. Pronto descubrí que la información que uno puede encontrar sobre Colmenarejo en las profundidades de Internet es comparable a la que se puede encontrar sobre Internet en los pozos de Colmenarejo. Así, por ejemplo, la página web de Correos me decía que la sucursal con la que acababa de hablar por teléfono directamente no existía.

Como podéis suponer, ya estaba un poco nervioso por el tema este, pero no podía dejarlo porque al cabo de quince días devuelven el correo al remitente, y difícilmente lo encontrarían en Barcelona. Decidí, en un relámpago de lucidez, que el problema de averiguar la dirección de la sucursal era trivial, pues bastaría llamar a la sucursal (lo del emplazamiento, como después se verá, no era tan sencillo). Así, el siguiente paso de la gymkhana era decirle a la profesora que había puesto como destinataria que me firmara el justificantede que yo podía recoger el envío. Fui a buscar a la mujer y, por supuesto, no estaba. Mi mente perversa y sin escrúpulos pensó en la excitante posibilidad de falsificar la firma, pero tras un repaso atento del aviso descubrí con horror que también hacía falta fotocopia de su carné de identidad. Tratando de ser positivo, pensé que bueno, por lo menos no la pedían compulsada. Esperé pacientemente hasta el día siguiente, y la chica, que estaba enferma, tampoco vino, y tampoco el siguiente... Ya hemos llegado al miércoles, faltando dos días para que se cumplieran los quince, y víspera de la Virgen del Pilar, fiesta nacional.

Pensando que tenía que acabar con el problema antes de que este hiciera lo propio conmigo, decidí gastar el último comodín y hacer mi tercera llamada a Correos. El hombre me informó de que no era necesaria la fotocopia del carnet, bastaba el número de DNI y la firma de la destinataria. Es curiosa la extraña variedad de formas con las cuales la esperanza puede abrirse camino hasta el corazón humano. También me dijo esa voz amiga la dirección de la sucursal, y cuando me preguntó si conocía el pueblo poco me faltó para echarme a reír histéricamente soltando espumarajos por la boca. Concluí el miércoles escribiéndole a mi destinataria para que me mandara los datos, y empleé el Pilar como día de reflexión, que no me sirvió para nada excepto para concluir que por mis huevos el viernes estaban las cajas en la Uni.

A pesar de un compañero se había ofrecido gentilmente a hacerme el traslado el viernes al salir de clase a las 12, yo no estaba nada convencido de aceptar, debido a los inconvenientes morales que he contado más arriba. Afortunadamente el viernes mi destinataria vino, y pude tener al fin el justificante que necesitaba, documentos que en el colmo de los colmos, llené de tachaduras debido a una equivocación al rellenarlo. Ahora ya sí, el problema era puramente de transporte, y como ya estaba todo lo frito que podéis suponer con el asunto, decidí tirar por la calle del medio y llamar a un taxi para que me hiciera el traslado, aunque no acababa de ver claro si ir en bus hasta Correos o llamarlo desde allí. Entré de nuevo en Inet para buscar el número de radiotaxi de Colmenarejo, para rápidamente concluir que este pueblo ofrece un campo virgen, con rápidas posibilidades de promoción, a todo taxista que se anime a montar el chiringuito allí. Lo más que encontré fue el de los taxis del pueblo más cercano, Galapagar (galápago estaba yo ya, de tanto buscar!!!). Ya decidido a llamar a los taxistas de allí, encontré (increíbleeeeeee) un callejero del pueblo en la web, y haciendo pequeños cálculos de distancia concluí que la idea de ir con las cajas, incluso en tres viajes, hasta la parada de bus era descabellada. Como último intento, antes de llamar a los taxis esos, decidí ir a la Conserjería de mi facu a preguntar si realmente no había taxis en Colmenarejo: como de costumbre, la redonda chica del mostrador me dijo primero que sí pero luego que no, que los que había eran los de Galapagar. Le pedí por favor que me apuntara el teléfono, para ver si coincidía con el que yo había encontrado (en una página en inglés!!!), y cuando me lo escribió y bajé los ojos para mirarlo, algo se interponía entre mi vista y el papel, un cartón pardo, a cuyo lado estaba escrito el Pato...

AAAAAAAAAAAGHHHHHHH!!!!!!!! SON MIS CAJAAAAAAAAS!!!!

Creo que esto lo grité mentalmente, porque no llamaron a los loqueros ni nada, pero os juro que así lo sentí en mi cabeza. Aún no sé quién las trajo, ni por qué ese preciso día, ni cuál había sido el motivo del cambio de política... Me limité a preguntar qué debí hacer para que me las subieran, y la chica me rogó que esperara a Justi. Cuando me ofrecí a subirlas yo, su ceño cambió y el ruego se transformó en orden. Harto de sentirme como un personaje de Kafka, volví a mi despacho y bajé (400 metros o por ahí de distancia) de nuevo. Cuando le pregunté a la jefa que qué debía rellenar, me dijo que no, que tenía que llamar por teléfono para comunicar la incidencia. Casi con lágrimas en los ojos, suplicio de Tántalo a la cúbica, subí de nuevo y di el último paso, llamar. Y aunque me dijeron que hasta el lunes no me las subirían, el mozo apareció hace un rato, y creo que la presencia de mi compañero de despacho (vicerrector para más señas y una persona supereducada) fue lo único que me disuadió de arrodillarme, descubrirme, dar gracias y declararme esclavo sexual del mozo para el resto de mi vida.

En fin, esto es todo. Nunca se sabe donde te puede estar acechando la aventura, o la desventura.

Sólo sé que no sé nada

Sólo sé que no sé nada

La verdad es que debería ponerme a hacer ya algo productivo por la vida, porque hoy me he levantado tardísimo, pues como ya se sabe:

En la fiesta nacional
yo me quedo en la cama igual
pues la música militar
nunca me supo levantar.

Por tanto, anoche me acosté muy tarde y hoy cuando ha sonado el despertatres a las seis y media de la mañana me he reído mucho, y he continuado soñando que estaba en Eriván (Armenia) con un compañero de facultad, pero que no nos daba tiempo a visitarla porque el último autobús de vuelta a Colmenarejo era a las 00:00.

Sin embargo, tengo que escribir este post ahora mismo, por una razón bien sencilla: es alusivo, o colateral, al Premio Nobel de Literatura, cuyo ganador va a hacerse público dentro de menos de una hora. Como los que me conocen, aparte de perder el tren, saben cuánto me interesa tanto la Literatura como los premios, llevo varios días expectante, hasta que hoy he visto una reseña del tema en el País.

Y lo que me ha impulsado a postear no es el deseo de que gane mi amado Dylan, ni la polémica sobre la ganadora del año pasado, a la cual recuerdo también que le dediqué un postito, sino lo mal que me he sentido cuando he visto la inmensa cantidad de candidatos de los cuales no conozco ni el nombre (unido a otros de los que sí lo conozco, pero no he leído nada)!!! Yo creo que soy una persona que leo bastante, y que además me interesa lo relacionado con la Literatura, e intento conocer autores nuevos, tendencias vanguardistas, etc. ¿Cómo es posible que haya tantas personas cuya obra es presuntamente merecedora del Nobel, y que me son completamente desconocidas?

Voy a hacer una pequeña prueba. Os voy a dar la lista de todos los que no conozco, y emplazo a quienes me lean que me digan si conocían a alguno de ellos, si han leído algo, etc. Este post, por tanto, va dirigido a grandes lectores que sé que me leen: Palimp, Irene, Milady, Alberto, ILSa, etc. Quiero saber si es que yo soy así de zoquete o, realmente, son autores MUY desconocidos, y la Academia sueca rebusca mucho.

Ahí va la lista:

- Ali Ahmed Said, llamado Adonis
- Tomas Transtoemer
- Ko Un
- Pramoedya Anante Toer
- Orhan Pamuk
- Joyce Carol Oates
- Assia Djebar
- Cees Nooteboom
- Michel Tournier
- Inger Christensen

Y los candidatos de los que no he leído nada, aunque sí los conozco, más o menos: John Updike, Philip Roth, Don de Lillo, Margaret Atwood, Claudio Magris, Ryszard Kapuscinski e Ismael Kadaré (también podéis comentar de estos).

A trabajos forzados

Hoy me sorprendido al verificar algo que Lola me dijo hace unos días, y es que el soneto con el que Sabina comienza su estupendo directo "Nos sobran los motivos", no es suyo, sino de Quintero, León y Quiroga. Y mirando esto, he recordado que algo parecido me ocurrió hace tiempo, cuando la tímida y frágil voz de Antonio Vega me descubrío la joya de Antonio Gala que es el motivo de este post. Viniendo de Madrid en coche el domingo pasado y abandonados en la noche en medio de una caravana infernal, las rotundas sentencias que hablan de esclavitud, dependencia y sufrimiento llegaron a mis oídos una vez más, y yo me prometí a mí mismo que pronto las compartiría. Así que ahí van, por mucho que en general no esté de acuerdo con ellas:

A trabajos forzados me condena
mi corazón, del que te di la llave.
No quiero yo tormento que se acabe,
y de acero reclamo mi cadena.

No concibe mi alma mayor pena
que libertad sin beso que la trabe,
ni castigo concibe menos grave
que una celda de amor contigo llena.

No creo en más infierno que tu ausencia.
Paraíso sin ti, yo lo rechazo.
Que ningún juez declare mi inocencia.

Porque en este proceso a largo plazo,
buscaré solamente la sentencia
a cadena perpetua de tu abrazo.

Donde Google no llega (I)

Me ha costado, pero al final he conseguido por mí mismo, y de hecho sin pretenderlo, encontrar algo que le diera principio a este serial. Carmen ha puesto una pregunta que también valdría como comentario en el anterior post.

La cosa arranca de que el otro día, en la comida de mi nuevo departamento, se estuvo discutiendo con cierta pasión sobre la preeminencia del fútbol o el baloncesto como espectáculo deportivo. Y yo después de ver el Portugal-Liechtenstein del otro día, no dudo de que no hay deporte que pueda concentrar tanto en noventa minutos, singularizándose sus partidos en la memoria como los de ningún otro deporte. O si no, juzgad vosotros.

Supongo que a nadie extrañará la abismal diferencia que existe entre Portugal, actual subcampeona de Europa, y Liechtenstein, un país diminuto con escasa tradición futbolística. Además, el partido se jugaba en casa del poderoso, que a la vez podía clasificarse perfectamente para el mundial en ese partido. Yo no lo vi, estaba zascandileando por mi casa, pero sí que vi los momentos puntuales "gloriosos", que fueron:

1) Con 0-0 en el marcador, balón volando desde el otro campo al área de Portugal. El portero y el central se chocan, el balón rebota en uno de los dos y cae mansamente a los pies de un lichtensteinista que pasaba por allí. El hombre casi no se cree el regalo, da los dos o tres pasos que le separaban de la portería, marca a puerta vacía y, supongo que embargado por la emoción, se choca contra el poste.

2) Mismo resultado, en la otra área. Con el portero de Liecht por los suelos, tira Figo a bocajarro, y un defensa que había bajo los palos hace un despeje perfecto con los dos puños a la vez mandando el balón fuera, y lanzándose a continuación al suelo lamentándose de su segura expulsión. El árbitro verifica que el último en tocar fue liechtensteiniano, ve que el balón ha sido por línea de fondo y lógicamente señala...córner.

3) Con 1-1, balón que le llega a Pauleta dentro del área, que lo controla, agarrado por un defensa. Tres segundos después, el agarrón a dos manos se transforma en abrazo, y un poco más tarde, el abrazo en derribo. Como un oso pardo, vamos. Esta vez el árbitro sí que señala el punto fatídico. De hecho, si no lo hace, sale de allí convertido en guarnición de arroz de marisco.

4) El penalty lo lanza Figo, y el balón, tras superar el tercer anfiteatro, entró sin problemas en la Troposfera para provocar el segundo eclipse de la semana.

Al final ganó Portugal con un gol faltando cinco minutos, pero ¿a que es sorprendente todo esto? Por cierto, la pregunta Googlera es encontrar una foto del momento en que el de Liecht saca la pelota con la mano; yo he sido incapaz. Si alguien tiene la gentileza de mandarla, la publico.

Saludines