Es curioso venir últimamente a la Facultad, es quizá lo más parecido a lo que el etnólogo Marc Augé llamó un no-lugar. Sales y lo encuentras todo desierto; limpio, pulcro y cristalino, pero desierto. Dan ganas, quizá ya a estas horas tardías en que el efecto ausencia se deja sentir con mayor profundidad, de salir desnudo, gritar sin vacilación o, rozando el colmo de lo inaceptable, pintar en alguna pared que hay alguien aquí que sigue latiendo, que pugna por hacer avanzar, sea mínimamente, quizá en un pequeño corner de las mates tan irrelevante como lo ininteligible, el conocimiento humano. Qué paradoja –o qué buena palmadita en la espalda para mi sociabilidad- haber hablado con tres personas nada más entrar en la facultad: la que quizá se alegró de verme (un agradable compañero red-headed), la de la indiferencia (lleva la sucursal del banco de Santander y nos tomó por alumnos al intentar ofrecernos propaganda) y finalmente, el que me sufrió un rato después en un examen individual tornado en crucifixión por su poco conocimiento de las cadenas de Markov. Todo se guarda en la memoria, y es todo paradójico, un negativo del nadie que habita – y es sólo el primer día de Julio- el Edificio Miguel de Unamuno. La soledad. No sé si celebrarlo o angustiarme.
Menudo temazo brutal! Gracias Luis por descubrirme este grupo, a long long time ago...

Venga, que ya hace tiempo. Quién es el tipo de la foto?
Aunque aparentemente haya resultado más o menos tranquilo, no puede decirse que haya desaprovechado el fin de semana. Ahí van las worthwile experiences, presuntamente intelectuales, aunque no todas:
-Finalización de la trilogía Millenium. Sin lugar a dudas el señor Stieg Larsson, DEP, conocía la fórmula de la heroína mental que añora todo escritor, culto o bestselleriano. Creo que no he tardado ni cuatro días en proceder a la fumigación de las más de dos mil páginas que narran las aventuras de Micke y Sally, también conocidos como Watson y Calzaslargas. Sí, estilo anónimo, maniqueísmo en los personajes y todo lo que uno quiera, pero también tres novelas muy distintas –whodunit, intriga psicológica, novela de espías- que gozan de una extraña unidad, ritmo sin desmayo, la sociedad de Suecia como cobaya de un acre análisis de las instituciones occidentales, y todos las posibles occurrences de la desigualdad sexual y la violencia de género, que permean la obra como los cuchillos de un colchón de fakir. Gran noticia que un trabajo como éste goce de la difusión que ha experimentado en todo el continente.
-Lectura de “Honor entre punks” e “Hijos de la noche“, novelas gráficas interconectadas que presentan una curiosa amalgama de temas victorianos y estética ochentera, para un nada camuflado homenaje al mundo de Conan Doyle a través de guiones más bien crípticos y un dibujo que privilegia la brillantez sobre la claridad. Buen dibujo de unos personajes centrales que bordean el tópico sin caer en él, valentía en el curioso cruce entre la intriga trillada y el roce de posmodernidad, y un retrato de bajos fondos cuya dureza siempre se ve atemperada por el cariño que los autores muestran hacia sus criaturas. Interesante, siempre que uno consiga olvidarse que donde estos comics rasguñan, From Hell apuñala.
- Visionado de los cinco capítulos finales de Generation Kill (lo cual quiere decir, casi toda la obra). Estupenda reflexión sobre la guerra del siglo XXI, mostrada sin tapujos a la vez que sin concesiones, un sutil alegato antibélico fundamentado en la novela homónima del periodista de Rolling Stone Evan Wright, asimismo personaje de la serie. Como es marca de la casa, sus creadores Simon y Burns desprecian las convenciones narrativas, exigiendo un notable esfuerzo al espectador para la distinción en interiorización de los diferentes caracteres. La recompensa para éste es grande, una vez que se ve atrapado en un ambiente absurdo y surrealista, donde los personajes se saben marionetas de un Master of Puppets –genial Padrino- que se llena la boca con palabras grandilocuentes mientras trata a sus soldados como carne de matadero, y donde la situación, siempre tragicómica, llevaría a risa si no estuviera siempre salpicada por sangre y vísceras, edificios volados y familias destrozadas. Muy recomendada, especialmente para los que aún crean que la invasión de Irak fue acertada.
-Fiesta en la Dehesa de la Villa. Me alertó un compañero de ellas, y allá que fuimos Rosa y yo, a airear la cabeza y mover el esqueleto. Más o menos lo previsible, lo cual quiere decir que lo pasamos de maravilla, aunque al final decidiéramos declinar el asunto coches de choque. Una calle larga llena de puestecitos, con un par de atracciones a un lado y una orquesta tocando en el otro, y césped rodeando donde el personal se tomaba con tranquilidad una noche algo más fría de lo esperado. Funcionó de maravilla la dicotomía macetas de vodka con naranja – bocatas de morcilla (hasta tres cayeron de cada tipo) y bailamos como está mandado al son de un repertorio rockero –Los Suaves, Medina Azahara, Platero, AC/DC- bastante más potable de lo que apuntaba la situación inicial. El único pero, que terminó todo demasiado pronto. Volvible.
Un brasileño ya entrado en años, fibroso y atractivo, bebía de un termo una bebida que quise imaginar como cachaça, aun a pesar de lo temprano de la hora, y precisamente quizá a causa de eso. Miraba con unos ojos verdes sin pupilas que juraban traspasar cualquier muro triple, y me produjeron una impresión ambivalente.
Un zapato de mujer, rojo sangre, abandonado en un banco. Traté de imaginar a la dueña, si depositaría el zapato tan drogada como lejos de este mundo, si lo perdería en una clase de movimiento inimaginable, o quizá pudiese encontrar, buscando bien, los restos de la dama (su cabeza, sus manos cortadas, detalles de sus pulseras o un aroma a putrefacción) en sitios bien elegidos de las tripas del metro, que compondrían en el mapa la silueta de un cuchillo.
Una melodía sutil y electrizante, que ya me había intimidado y llevado al pozo negro antes de reconocerla: la danza macabra de Saint Saëns. Casi apostaría a que el acordeonista que lo intentaba no conocía el signficado de esas notas, ni mucho menos la posibilidad de que sugirieran a alguien, inmediatamente, imágenes de esqueletos negros entre víctimas vociferantes recorriendo el aire madrileño de la tranquila mañana.
Un grupo de teatro que promocionaba algo, elevando su voz para luchar contra la indiferencia supina del personal que los evitaba sin verlos y los ignoraba sin la más mínima concesión a la piedad. Yo no los ignoré, sino que por un momento los vi atados a la escalera mecánica que tenían a su costado, perfectamente conscientes de lo que les aguardaba al llegar arriba.
Y había un recuerdo más, algo relacionado con la escayola, pero se lo llevó el ruido blanco. La nada atronadora.

No se puede decir que no lo esperase, porque todos habríamos apostado hace tiempo que tan mal como estaba no podía durar mucho más, pero mentiría si dijese que la noticia del deceso de Antonio Vega no me ha conmovido. No fue uno de mis primeros descubrimientos, pero sí podría decir que llegó en el momento justo, ese Básico con canciones como “Seda y hierro” (siempre debe tener un poco de cada esa mujer a la que entregas tu vida, como es mi caso), ese “A trabajos forzados” –no suyo, pero como si lo fuera, tal era su capacidad de llevar cualquier sentimiento de fondo a su terreno- que logra tornar atractivo el frío de las cadenas, “La décima de segundo” que resume nuestra vida, “Lucha de gigantes” una pasión desenfrenada interpretada como combate esencial y telúrico, o en fin, “San Antonio” que elegí no hace demasiado en una exigua lista de canciones que me definen, y que incluso reproduje, hace ya tiempo, en este blog.
Se entregó a la heroína como el legionario a la Muerte en la mítica canción militar, y fue, durante más de veinte años, su amante infiel. La yegua ardiente engulló su delicada carne y afiló hasta la invisibilidad un rostro ya de por sí anguloso, pero quizá en justa devolución de la fidelidad recibida, no se atrevió a rozar ni la inteligencia ni los abismos de sensibilidad del compositor, lúcido y brillante hasta el final. Un contraste a la vez deprimente y esperanzador, que pude comprobar in situ en el único concierto de Antonio que presencié en directo, hace tres años, en Clamores. Tras el retraso habitual, compareció la humanidad desvaída del músico, todo piel y huesos para enmarcar la mirada extraviada y la lejanía sentimental. Todo en él movía a la conmiseración, hasta que comenzaron a funcionar su voz y las yemas de sus dedos, creando un embrujo irrechazable que nos transportó, una vez más, a ese lugar perdido de nostalgias, medias sonrisas y amarga comprensión de cuya puerta fue siempre el guardián.
No quiero acabar esta improvisada y pobre necrológica sin mencionar quizá el aspecto de la vida de Antonio que más me impresiona. A principios de siglo parecía un hombre acabado, pasadas las glorias efímeras de Nacha Pop y la locura de los ochenta, más enganchado que nunca, y preso de la turbia amargura que da el conocimiento. Fue en este terrible estado cuando comenzó a salir con su querida Marga, y el comienzo de esta relación le devolvió la fuerza, la vitalidad y la alegría de vivir. Más allá de que la historia no tuviera final feliz –la chica murió, y el sentimiento de Antonio está recogido en el estremecedor 3.000 noches con Marga- me abruma que una persona la situación del músico y con tanto bagaje vital a sus espaldas reuniera aún dentro de sí tanta ingenuidad e inocencia para recuperar la felicidad a través del amor. Más que sus canciones , más que su figura de poeta maldito o que su genialidad sin par, es esto lo que me hace creer que muy dentro, tanto que no fue capaz de enseñárnoslo del todo, Antonio Vega cobijaba un don tan precioso como oculto. Y esa, precisamente, es la joya que hemos perdido.
Llevo unos cuantos días sin dejar nada por aquí, y la verdad es que no hay más motivos que los de intendencia. Tras la intensidad de la Semana Santa Oporto+Galicia, la vuelta a la unitrullo ha resultado un poco más agobiante de lo esperado, mayormente por la acumulación de clases y, en menor medida, por la preparación de una presentación que haremos en Berlín next week. El poco tiempo bloguero que he tenido júrtimamente lo he dedicado a diarios de júrgol, ya que la actualidad balompédica se vuelve casi incontrolable en abril y mayo. Bueno, pues eso, que la ventanilla sigue abierta y que pronto estaré de nuevo aquí con regularidad, especialmente a partir de ese mágico 15 de mayo en que las clases dicen over. En el futuro inmediato, un puente de destino completamente desconocido, aunque aquí en Madrid. I will follow.

Gracias al Mesón la Lamprea, Arbo, Pontevedra.
From wikipedia:
Ingredientes para 4 personas: 1 lamprea de 1 - 1,5 kg, 200 g de pan, 1 cebolla, 1 diente de ajo, 1 hoja de laurel, 10 cl de aceite, 25 cl de vino tinto, perejil, oregano y sal
Preparación: en una olla con agua muy caliente
introducir la lamprea y sacarla rápidamente una vez que cambie de color
para raspar con el canto de un cuchillo esta primera piel de color
blanquecino que es de aspecto limoso. Cortar la lamprea manteniendo
unidos los trozos y recoger su sangre, que se utilizará para cocinarla,
quitarle mientras se corta el tubo digestivo, el hígado y la hiel
teniendo cuidado en que no se rompa. Después de trocear las lampreas
procurando que los trozos se mantengan unidos por la piel se añaden
éstos sobre el sofrito con toda su sangre.
Poner el aceite en una cazuela y agregar el diente de ajo y la
cebolla, picados bien finos, con la hoja de laurel y el perejil. Pochar
o dejar cocer lentamente el picadillo como un sofrito dejando que se
rehoguen lentamente sin tomar color. Incorporar la lamprea limpia,
hervir durante cinco minutos y añadir el vino hasta que cubra la pieza,
dejar cocer a fuego lento 30 - 45 minutos aproximadamente según tamaño,
espesar con el pan (frito y triturado), si fuese necesario y dejar
reducir unos cinco minutos. Agregar las especies y la sal.
Presentación: Servir en una cazuela de barro con costrones de pan frito y arroz blanco aparte.

Viciado hasta el extremo por The Wire, y deslumbrado por la genialidad que destila, he estado surfeando por Internet y he encontrado un texto sobre la serie de un tal Stephen King, que si bien es literariamente discutible, algo sabe de narrativa. Para gozo de la comunidad castellanohablante, he traducido el texto, tomándome sólo un par de licencias personales sin demasiada importancia. Aquí os lo dejo, firmando hasta la última coma de lo que dice. Por si alguien pregunta, Muhammad y Malvo fueron dos francotiradores que mataron a diez personas en el 2002, mientras que Simon Cowell es un directivo de Sony que se ha hecho famoso en América como jurado de "American Idol", el germen de Operación Triunfo. De propina, un enlace a un video sin desperdicio.
En la version de David Simon del Infierno de Dante, el papel del Infierno es para Baltimore, y los siete pecados capitales siguen bien, gracias. Los traficantes de nivel medio dan la bienvenida al otoño comprando ropa nueva a sus repartidores- un regalito para mantenerlos felices en su mercadeo al por menor. Cosas parecidas hacen los peces gordos con los políticos, una forma como otra de asegurarse de que las influencias sigan fluyendo; la única diferencia es cuánto cambia de manos. Y Lester Freamon, un detective a quien Sherlock Holmes saludaría como camarada, tiene su momento de revelación mientras contempla una casa –una de las miles en hilera en el corazón de esta decadente ciudad- en un fresco mediodía de invierno. “Esto es una tumba”, dice.
Bienvenidos al Infierno… y al mundo de The Wire, temporada 4.
Lester tiene razón, por cierto. Hay un cadáver en la casa que señala, y dos docenas o más en otras. Son las víctimas de una silenciosa guerra de bandas iniciada por el sucesor de Avon Barksdale, el guapo Marlo Stanfield, ojos de muerto. Pero no es Marlo quien me mantiene fascinado, metiendo uno tras otro mis defectuosos discos en el DVD a la vez que mi pavor aumenta: ese honor corresponde al equipo a sueldo de Marl que forman Chris y Snoop. La segunda es quizá el personaje femenino más terrorífico que ha aparecido jamás es una pantalla de televisión. Cuando piensas en estos dos, piensas en gente como John Allen Muhammad y Lee Boyd Malvo, pero en versión inteligente.
Y con una pistola que lanza clavos.
The Wire también es inteligente, pero nunca se pasa de lista. Hay suficiente en la descripción de la decadencia del entorno urbano para removerte las entrañas, de modo que no hay necesidad alguna de orador que te lo explique. Ni siquiera Tommy Carcetti, el hombre blanco que acabará de alcalde en una ciudad negra, necesita discursos; sólo corre, incansable y veloz, en cuanto ve la oportunidad de ganar –pálida, pero real- aparecer en la campaña electoral.
La temporada 4 de The Wire es un deslumbrante circo de tres pistas de intrigas entrelazadas, y su visión del narcotráfico en América hace parecer a Miami Vice un dibujo animado para niños; sin embargo, quiero volver al detective Freamon, que mira las casas que se caen en pedazos mientras clama “Esto es una tumba”. Simon y sus dotadísimos compinches (novelistas como Richard Price, Georg Pelecanos o Dennis Lehane) no temen extender la metáfora a todo Baltimore… o sugerir que el espectador conecte la frase con su propia realidad urbana.
Roland ’’Prez’’ Pryzbylewski ha dejado el Departamento de Policía de Baltimore para convertirse en profesor de matemáticas de secundaria, y ha descubierto que en la época den que oficialmente “Ningún Niño Queda Atrás” está trabajando en otra parte del mismo cementerio. Despega los chicles de los pupitres, controla la asistencia, sólo puede facilitar libros viejos (mientras computadores nuevas y relucientes se pudren en sus cajas por problemas burocráticos) y preparar a sus estudiantes, única y solamente, para aprobar los exámenes estatales. Se ve a sí mismo de nuevo falseando estadísticas para complacer a sus superiores, sólo que ahora lo hace en su cuaderno de notas en lugar de en los informes policiales. Y mientras limpia la sangre que manchó el piso cuando una de sus alumnas le cortó la cara a otra, Prez recibe una buena noticia (hasta en el Infierno las hay): la niña no era seropositiva. Así que no hay problema, tronco.
Cuando comienza el primero de los 13 episodios, la escucha original –todo un entramado electrónico preparado para encontrar pruebas y construir casos sólidos contra barones de la droga como Marlo- se desmantela, principalmente ante la necesidad constante de los policías de hacer arrestos en la calle y engordar las estadísticas. Pero en la escuela donde Prez realmente progresa con sus alumnos, otra clase de escucha ha sido desarrollada; una clase única formada por chicos y chicas conflictivos, los Marlos del futuro, diseñada por otro policía quemado de Baltimore que los fans de otras temporadas reconocerán: Howard “Bunny” Colvin, ahora retirado. Es una clase donde hay alguna esperanza de cambio, y también un lugar donde los adultos pueden mirar y escuchar el lenguaje de un mundo que de otro modo les está vedado.
En una serie de television normal, habríamos llegado al momento de la moraleja. No es así en el Baltimore de Simon, donde una moraleja es ciertamente posible, pero donde también sufrimos una conmoción cuando un personaje que nos era simpático descerraja a un amigo un disparo a sangre fría, y lo asesina. Conmocionados, pero no sorprendidos. Porque el mundo de The Wire es una tumba llena de muertos vivientes. Unos pocos, tras dura lucha, encuentran la salida, pero no antes de sufrir las calles y el vasto motor de muerte que supone la burocracia más intrincada.
Incluso el Ayuntamiento es una tumba, como aprende el propio Tommy Carcetti: “Te sientas a comerte mierdas, todo el día, día tras día, año tras año”, le dice el alcalde saliente. Para un político en el Baltimore de David Simon, sólo hay algo peor que perder, y probablemente no necesito decirte lo que es.
The Wire sigue mejorando, y en mi mente ya ha dado el salto final de la gran televisión a la televisión clásica, el lugar donde, por ejemplo, están Los Soprano. Es la clase de ciclo dramático sobre el que la gente hablará y escribirá dentro de 25 años, y dado el estado actual de la nación, es una buena cosa esto. “Eso es” –dirán nuestros nietos- “No era todo Simon Cowell.”
No. También estuvieron Chris y Snoop. Su terrible pistola de clavos. Y las casas vacías convertidas en tumbas, permaneciendo como símbolos silenciosos de aquello en lo que nuestras ciudades se han convertido. The Wire es un logro asombroso.

Como un pimiento lo tengo. Y dicen que es el dedo principal, el más sensible, con el que apuntamos, señalamos, agarramos, acariciamos. Y encima el de la mano derecha, para mí que soy diestro. Debí notar como un presagio el endurecimiento paulatino de la yema, quizá por mucho uso en teclados, pero lo lo del últimos mes ha sido extraño, casi sugiere maldición, estrago de adivinador, fario terrible. Comenzó con una pequeña verruguita en el nudillo, apenas se nota, pero acaba afeando; esto debe ser justo castigo por mi costumbre de fase bucal no superada de llevarme el dedo a la boca –quizá mi mamá me retiró mama antes de tiempo, por ver posiblemente al mamón-, pero no importa, no duele. Algo ya debí sospechar pocos días después cuando un poquito por debajo, me corté con una lata, limpio, agudo y algo profundo. Nada raro, si no fuera por que la tapa de la lata no era de lata, sino de papel; duro, eso sí. Después vino lo de la jirafa. Malhadado sea mi gen goloso, que poco frecuentemente se manifiesta, que me llevó a los dominios de una dulcería donde me compré un huevo Kinder (quien lo diría, a mis años…). Y contenía al susodicho mamífero cuellilargo, siempre que uno tuviera paciencia para armarlo (Cortázar dixit); servidor se puso manos a la obra, por supuesto con gran éxito, si no fuera por lo que parecía una pequeña rozadura y ha degenerado en zona enrojecida con punto negro sospechoso en el centro. Veremos. Y para rematar, esa llave que no cierra, ese dedo ya famoso que intenta averiguar la presencia de algo sospechoso en la cerradura, esa astilla que se clava. Y aunque sale, al menos la mayor parte, deja comezón y a veces dolor fuerte que obliga al abajofirmante a cuestionarse si algo queda dentro; y un día después, a esterilizar aguja y pinzas para sacarlo sin más éxitos que carne viva, y dolor de muerte. Así estamos, pues.
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