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El musolari errante

Una de almogávares

Una de almogávares Hace unos meses me regalaron una suscripción al Hoy, el diario regional más leído de Extremadura (aunque esencialmente hay dos) de la cual me aprovecho cada noche, y vivo con dos días de retraso, que es lo que tarda el periódico en llegar. Además, son tan majos que me traen hasta los suplementos. Y en el de esta semana pasada, que era completísimo y venían un montón de artículos interesantes -entrevista con Juan Marsé, entrevista con monseñor Blázquez, las relaciones entre Kennedy y la Mafia- me he encontrado con una de esas perlas que Pérez Reverte se saca de la manga cada vez más de vez en cuando. Trata de los almogávares, un tema que siempre me ha interesado por a) Las idea de libertad y fiereza que acompaña al concepto b) Que unos compatriotas conquistaran Grecia en el siglo XIII c) Lo bien que suena el nombre, y lo que se repite para los que vivimos en Barcelona d) Etcétera... Sin embargo, yo no sabía que la cosa había tenido tanta miga. Leed, leed...

De ese centenario se ha hablado poco, pues nadie puede hacerse fotos a su costa. Hace setecientos años justos, además de salvar el imperio bizantino del avance turco, los almogávares arrasaron Grecia. Fue un episodio sólo comparable a la conquista de América por bandas de aventureros sin nada que perder salvo el pellejo –que se cotizaba a la baja– y con todo por ganar si salían vivos. Pero en esta España donde los libros escolares no los determina la memoria, sino el pesebre donde trinca tanto sinvergüenza periférico y central, esas historias han sido eliminadas, o manipuladas en beneficio de los golfos que organizan el negocio en plazos de cuatro años: los que van de una urna a otra. El resto importa un carajo. De los almogávares, como de lo demás, no se acuerda casi nadie. Eran políticamente incorrectos.

Madrugando el siglo XIV, el emperador de Bizancio pidió ayuda para frenar el avance de los turcos, y la corona de Aragón envió sus temibles Compañías Catalanas. Lo hizo para quitárselas de encima. Estaban integradas por almogávares: mercenarios endurecidos en las guerras de la Reconquista y en el sur de Italia. Sus oficiales, de mayoría catalana, eran también aragoneses, navarros, valencianos y mallorquines. En cuanto a la tropa, el núcleo principal procedía de las montañas de Aragón y Cataluña; pero las relaciones mencionan apellidos de Granada, Navarra, Asturias y Galicia. Feroces y rápidos, armados con equipo ligero, combatían a pie en orden abierto, con extrema crueldad, y entraban en combate bajo la señera cuatribarrada de Aragón. Sus gritos de guerra eran Aragón, Aragón, y el terrible, legendario, Desperta, ferro.

La historia es larga, tremenda, difícil de resumir. Seis mil quinientos almogávares recién desembarcados en Grecia destrozaron a fuerzas turcas muy superiores, matando en la primera batalla a trece mil enemigos, sin dejar con vida –eran tiempos ajenos al talante, al buen rollito y al diálogo entre civilizaciones– a ningún varón mayor de diez años. En la segunda vuelta, de veinte mil turcos sólo escaparon mil quinientos. Y, tras escaramuzas menores, en una tercera escabechina los almogávares se cepillaron a dieciocho mil más. Eran letales como guadañas. Además, entre batalla y batalla –españoles a fin de cuentas– pasaban el rato apuñalándose entre sí por disputas internas, o despachando a terceros en plan chulito, como los tres mil genoveses a los que por un quítame allá esas pajas acuchillaron en Constantinopla, durante una especie de botellón que terminó como el rosario de la aurora.

A esas alturas, claro, el emperador Andrónico II se preguntaba, con los huevos por corbata, si había hecho bien contratando a semejantes bestias. Así que su hijo Miguel invitó a cenar a Roger de Flor, que era el jefe, y a los postres hizo que mercenarios alanos los degollaran a él y a un centenar largo de oficiales. Fue el 4 de abril de 1305. Después de aquello los griegos creyeron que la tropa almogávar, sin jefes, pediría cuartel. Pero eso era desconocer al personal. Cuando apareció el inmenso ejército bizantino para someterlos, aquellos matarifes oyeron misa y comulgaron. Luego gritaron: Desperta ferro, Aragón, Aragón, y se lanzaron contra el enemigo, pasándose por la piedra a veintiséis mil bizantinos en un abrir y cerrar de ojos. Lo cuenta Ramón Muntaner, que estuvo allí: no se alzaba mano para herir que no diera en carne.

No quedó sólo en eso. Enterados los almogávares de que nueve mil mercenarios alanos –los que aliñaron a Roger de Flor– volvían a su tierra licenciados y con familia, les salieron al paso, hicieron picadillo a ocho mil setecientos y se quedaron con sus mujeres. Después, durante una larga temporada y pese a estar rodeados de enemigos, se pasearon por Grecia saqueando y arrasando, por la patilla, cuanto se les puso por delante. Fue la famosa venganza catalana. Y cuando no quedó nada por robar o quemar, fundaron los ducados de Atenas y Neopatría: estados catalano-aragoneses leales al rey de Aragón, que aguantaron durante tres generaciones hasta que con el tiempo, el sedentarismo y el confort, se fueron amariconando –hijo caballero, nieto pordiosero– y quedaron engullidos, como el resto de Grecia, por la creciente marea turca que había de culminar con la caída de Constantinopla.

Y ésa, colorín colorado, es la historia de los almogávares. Admitan que es una buena historia. Vive Dios.

(Artículo procedente de cajondeprensa.blogspot.com/ , un magnífico blog de recopilación de artículos de prensa)
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8 comentarios

nfer -

Qué bueno sería enseñar historia con libros escritos en un tonillo similar al relato de los almogávares!
En mi defensa digo que soy de Argentina, donde apenas si conocemos nuestra historia, y no estoy segura de ello.
Y, por cierto, tenía otra historia del origen de la corbata...me gusta más esta con el Emperador Andrónico...
En cuanto a historias "graciosas" poco le veo de curioso. Claro es curioso a la primera vez que lo leemos...pero´me hace pensar, caramba, cuántas historias habrá que cambiaron la historia (perdón el ripio) y ni enterada una...

Gerard -

Joder Ramón, informate, informate, que lo del botellón me ha llegado al corazón. Eso son fiestas y no lo que nos montamos nosotros.

Por cierto, lo de Desperta Ferro es conocidisimo si eres catalán, o estás cerca de serlo, y cuando gritaban esto daban golpes de espada contra las piedras, y la idea era parecer más cantidad de lo que eran. Riete de las gilipolleces que hacen los equipos de rugbi ahora.

La parte de Aragón Aragón, pues mira por donde no la explican tanto en este lado del la corona, no se porque será.

Alberto -

A mí también me gusta mucho el sonido de almogávar. Y además su peripecia bizantina los pone en contacto con otras palabras no menos notables: autocrátor, sebastocrátor, basileus, megaduque, porfirogeneta, archimandrita,...

Sara -

cuando estés bien enterado, ya me (nos) pondrás al día de botellones históricos y demás. Ya sabes que últimamente no ando nada sobrada de tiempo, y el poco tiempo que tengo lo dedico a dormir porque me voy cayendo de sueño por las esquinas

Cluje -

Pues sí, a lo mejor es hasta interesante Fer. Creo que me voy a pillar la crónica de Ramón Muntaner de la que habla el artículo (siempre que no sea muy tocha). Por cierto Sara, el anónimo de antes era yo.

Fernandel -

Ramón, si alguna vez le preguntas al padre de Carmen por los almogávares te suelta un sermón que te puede tener horas. Yo habitualmente desconecto para que no me ralle, pero a la vista de estas historias tan curiosas la próxima vez le escucho.

Anónimo -

Yo tampoco tenía ni idea, ando ahora buscando referencias concretas del botellón del que habla Reverte.

Sara -

Gracias por la lección de historia. Me ha gustado mucho... No tenía ni idea de ese suceso.

Ahora me cuidaré más de criticar indepemdentismos y gilipolleces similares, no vaya a ser que alguno de los de por aquí tenga sangre almogáver corriendo por sus venas, no esté demasiado "amariconado" y se le cruce el cable... Antes de morir tengo que hacer una tesis... y para eso aún necesito años.
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