
Hay veces que los límites naturales que nos pone el tiempo, y que se sobrellevan también en el plano físico, me resultan insoportables intelectualmente. El otro día recordé una frase latina “Apparebat eidolon senex” (apareció el ídolo sombrío, creo, que me corrija algún latinista si no le parece bien) cuyo origen no conocía, y que sólo recordaba porque encabezaba, como muchas otras frases más o menos grandilocuentes, las partes en las que se divide It, uno de mis libros de cabecera. Son tremendos particularmente los interludios.
La cosa es que como es un libro que leí por primera vez en el verano de 1989 y después he releído muchísimo (pocos analizan con tanta profundidad el paso de la niñez a la edad adulta) dichas frases se han ido grabando en mi cabeza a fuego, y me han conducido a muchísimos lugares diferentes. Por ejemplo, hoy mismo me he dado cuenta de que otra sentencia latina que aparece “Quaeque ipsa miserrima vidi, et quorum pars magna fui” (Vi cosas horribles, y en muchas de ellas tuve que ver) nos remite nada menos que al canto II de la Eneida. O ese siniestro “Nacido en una ciudad de muertos” que se sobrepone cual bárbaro bramido a los golpes de batería que inician el Born in the USA. Y es un libro en el que nombres familiares para cualquier melómano se grabaron por primera vez en mi blandito cerebro, gente como Keith Moon, los Grateful Dead, Ozzy, Pat Boone, Jerry Lee. Gracias a la historia de Bill Denbrough emprendí una búsqueda de muchos años en pos de un cuento de Ray Bradbury llamado El frasco, que no hallé hasta hace dos veranos, y gracias al viejo Aladdin supe que Michael Landon había sido un hombre lobo de pacotilla antes de hacerse un nombre en La Ponderosa.
En fin, que It es un libro-puerta que me ha abierto caminos a muchos mundos. Como él, me he encontrado otros a lo largo de mi vida, y perfectamente el Doctor Pasavento que estoy leyendo estos días puede entrar en esta categoría. Y es precisamente cuando reparo en todos estos arcones de sueños cuando me doy cuenta del gran límite al que aludía al comienzo. Mi impresión es que el número de nuevos libros (y películas, y músicas, y experiencias, y viajes) que me gustaría vivir en el resto de mis días es muy superior al que el tiempo que me queda puede contener. Por tanto, si quiero acercarme lo más posible a descubrir todas esas cosas nuevas, debo renunciar por fuerza a releer, repasar, y volver a hollar los caminos por los que ya circulé. Y eso me parece terriblemente doloroso, castrante, me duele el cerebro sólo de pensarlo. Me cago en mi finitud, maldita sea.
La última vez que he tenido esta repugnante sensación ha sido hace poco, después de una interesante tertulia en la comida sobre el mundo de los comics. Cuando terminamos, me entraron unas ganas terribles de releer Sandman; pero no de cabo a rabo, sino con esa insistencia enfermiza que permite que, poco a poco, todo el acervo que contiene la obra pase por ósmosis a tus propios archivos, y se convierta en material utilizable. Tras saludar con entusiasmo la idea, asumí con desolación cuán difícil sería hacerlo, considerando la longitud del Opus magna de Gaiman, el hecho de que lo tengo en inglés (muy culto y difícil en ciertas zonas) y el poco tiempo disponible. Me rebelo, no puedo evitarlo.
¿Dónde se estudia para ser Connor McLeod?
Autor: Alberto
Fecha: 11/10/2006 11:29.
Autor: zuma
Fecha: 11/10/2006 13:46.
![]()
Autor: Mic
Fecha: 11/10/2006 16:24.
Autor: MILADY
Fecha: 14/10/2006 13:30.
Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/