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El musolari errante

Ulises en el límite de Occidente

Hola! Sólo deciros que estaré una semana offline, porque vuelvo a Lisboa, una de esas ciudades de las que uno nunca se va del todo. Alfama y San Jorge...

Así, para que no me echéis mucho en falta, os dejo aquí un regalito maravilloso, que he sacado de aquí, donde también está el original inglés. El Ulises de Tennyson.

 

De nada sirve que viva como un rey inútil  junto a este hogar apagado, entre rocas estériles,  el consorte de una anciana, inventando y decidiendo  leyes arbitrarias para un pueblo bárbaro,  que acumula, y duerme, y se alimenta, y no sabe quién soy.  No encuentro descanso al no viajar; quiero beber  la vida hasta las heces. Siempre he gozado  mucho, he sufrido mucho, con quienes  me amaban o en soledad; en la costa y cuando  con veloces corrientes las constelaciones de la lluvia  irritaban el mar oscuro. He llegado a ser famoso;  pues siempre en camino, impulsado por un corazón hambriento,  he visto y conocido mucho: las ciudades de los hombres  y sus costumbres, climas, consejos y gobiernos,  no siendo en ellas ignorado, sino siempre honrado en todas;  y he bebido el placer del combate junto a mis iguales,  allá lejos, en las resonantes llanuras de la lluviosa Troya.  Formo parte de todo lo que he visto;  y, sin embargo, toda experiencia es un arco a través del cual  se vislumbra un mundo ignoto, cuyo horizonte huye  una y otra vez cuando avanzo.  ¡Qué fastidio es detenerse, terminar,  oxidarse sin brillo, no resplandecer con el ejercicio!  Como si respirar fuera la vida. Una vida sobre otra  sería del todo insuficiente, y de la única que tengo  me queda poco; pero cada hora me rescata  del silencio eterno, añade algo,  trae algo nuevo; y sería despreciable  guardarme y cuidarme el tiempo de tres soles,  y refrenar este espíritu ya viejo, pero que arde en el deseo  de seguir aprendiendo, como se sigue a una estrella que cae,  más allá del límite más extremo del pensamiento humano.   Éste es mi hijo, mi propio Telémaco,  a quien dejo el cetro y esta isla.  Lo quiero mucho; tiene el criterio para triunfar  en esta labor, para civilizar con prudente paciencia  a un pueblo rudo, y para llevarlos lentamente  a que se sometan a lo que es útil y bueno.  Es del todo impecable, dedicado completamente  a los intereses comunes, y se puede confiar  en que sea compasivo y cumpla los ritos  con que se adora a los dioses tutelares  cuando me haya ido. Él hace lo suyo, yo, lo mío.   Allí está el puerto; el barco extiende sus velas;  allí llama el amplio y oscuro mar. Vosotros, mis marineros,  almas que habéis trabajado y sufrido y pensado junto a mí,  y que siempre tuvisteis una alegre bienvenida  tanto para los truenos como para el día despejado, recibiéndolos  con corazones libres e inteligencias libres, vosotros y yo hemos envejecido.  La ancianidad tiene todavía su honra y su trabajo.  La muerte lo acaba todo: pero algo antes del fin,  alguna labor excelente y notable, todavía puede realizarse,  no indigna de quienes compartieron el campo de batalla con los dioses.  Las estrellas comienzan a brillar sobre las rocas:  el largo día avanza hacia su fin; la lenta luna asciende; los hondos  lamentos son ya de muchas voces. Venid, amigos míos.  No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo.  Zarpemos, y sentados en perfecto orden hiramos  los resonantes survos, pues me propongo  navegar más allá del poniente y el lugar en que se bañan  todos los astros del occidente, hasta que muera.  Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan;  es posible que demos con las Islas Venturosas,  y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos.  A pesar de que mucho se ha perdido, queda mucho; y, a pesar  de que no tenemos ahora el vigor que antaño  movía la tierra y los cielos, lo que somos, somos:  un espíritu ecuánime de corazones heroicos,  debilitados por el tiempo y el destino, pero con una voluntad decidida  a combatir, buscar, encontrar y no ceder.  

Traducción: Randolph D. Pope

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