
Anteanoche me terminé un libro que me ha causado una impresión fuera de lo común, más allá de su calidad literaria, que es normal, ni de su ¿trama? que es nimia. Se trata de “Fiebre en las gradas”, de Nick Hornby, y describe su vida como aficionado del Arsenal y maniaco del fútbol en general. A este tipo lo conocí como autor de la novela en la que se basa la fresquísima peli “Alta fidelidad”, y no pensaba que alguien que le hubiera dedicado tanto tiempo a la música pudiera tener otra afición que, según propia confesión, es al menos tan absorbente (de hecho mucho más). Lo que me ha marcado del libro es la cantidad de veces que me he sentido identificado con el autor relatando sus cuitas y alegrías con el júrgol, cosas tan extrañas, a veces tan maravillosas, otras tan patéticamente pueriles, que difícilmente hubiera conseguido confesarme sinceramente ni a mí mismo si no las hubiera visto escritas por otra persona.
Por tanto, como hoy iba a tener algo tiempo (benditas/malditas clases que acaban a las siete), me he traído el libro para citar algunas perlas y compararlas con cosas que me han pasado en mi vida. Así que allá voy.
“Una o dos veces, cuando no podía conciliar el sueño, e intentado incluso contar a todos los jugadores del Arsenal que he visto en directo a lo largo de mi vida”. De pequeño, me sabía incluso cómo se llamaban las mujeres y las novias del equipo en que hizo el doblete y ganó la Liga y la Copa el mismo año”.
Yo hace dos temporadas creo que recordaba todos los resultados en Liga del Madrid en los cinco o seis años precedentes, y ha habido más de una noche que he intentado recordar cuáles había visto y cuáles no, y sobre todo, dónde los vi, con quién, etc. Ahora ya se me han olvidado algunos. Y desde que yo soy un auténtico fiebre mental, la temporada 94-95, creo que es posible que recuerde a un 90% de los jugadores del primer equipo.
“Si bien los detalles que recojo son únicos y personales, espero que consigan tocarla fibra de todo el que alguna vez se haya dejado llevar, en plena jornada laboral, en medio de una película o de una conversación, por el recuerdo de una volea con la zurda que se coló por la escuadra derecha de la puerta hace diez, quince, veinte años tal vez”.
El gol de Zidane. Hace dos años, 4 meses y 21 días y lo recuerdo como si hubiera sido en el intermedio entre clase y clase. Y tranquilo Nick que lo has conseguido, he oído que ha habido hinchas del Arsenal (seguramente que alguna vez compartieron el Fondo Norte contigo) que se han iniciado en la literatura con tu libro.
[Refiriéndose a una victoria decisiva] “El regalo que recibí aquella tarde no tenía precio: era como una paz en el mundo o el fin de la pobreza, algo que nadie podría comprar ni siquiera por un millón de libras; a menos que mi padre hubiese untado al árbitro de aquel partido en el campo del Leeds con un millón de libras“.
Tuve sensaciones parecidíiíííísimas en la Liga 96-97, que el Madrid se enfrentaba al Sevilla en un partido decisivo e iba perdiendo 0-2, y mientras el Barsa, contra quienes nos la jugábamos, iba ganando 0-1 en Valladolid, con gol de cabeza de Ronaldo, por cierto. Los dos partidos acabaron, respectivamente, 4-2 y 3-1, ambos favorables, y cuando Hierro marcó el gol del 3-2 de cabeza (en el minuto 38 del segundo tiempo) creo que tuve ese mismo tipo de pensamientos políticamente incorrectos.
“No quisiera estirar la pata en Gillespie Road después de un partido, porque podría ser recordado como un maniático y un estrafalario; sin embargo, por estrafalario que sea, quiero flotar sobre Highbury en calidad de espíritu incorpóreo y ver los partidos del equipo durante el resto de la eternidad”.
Esto es así para mí, tal y como. Algunas e incluso muchas veces que he pensado en la muerte, cuando no lo he hecho con tanta profundidad que me haya aterrorizado el horror vacui (cosa que desgraciadamente ocurre, y mucho), una cosa que me ha resultado especialmente desagradable es que sólo podré vivir algunas de las temporadas que haga mi querido Madrid (40? 50? 60?) y que después se acaba todo. Con cosas como esas comprendo a los religiosos, y los que quieren creer en otra vida y demás. Por una parte, esto me permite mirar a mi equipo en perspectiva y darle poca importancia a la crisis pasajera que ahora cruzamos. ¿Qué durará? ¿Dos años, tres, cuatro a lo sumo? Eso no es nada. Y por otro lado, yo siempre dije que no quería morir sin ver al Madrid ganar la Copa de Europa y a la selección ganar el Mundial. Lo primero se me cumplió, y doy gracias a la vida por ello; para lo segundo se inventaron la ilusión y el FIFA.
“A menudo, al día siguiente de una calamidad o un triunfo del Arsenal, recibo llamadas telefónicas de amigos, incluso gente que no entiende de fútbol, que se han acordado de mí gracias a un periódico, a un vistazo casual a las páginas deportivas, a un especial informativo sobre fútbol al final del telediario.”
Yo el día que ganamos la séptima Copa de Europa creo que recibí más felicitaciones que el día de mi cumpleaños, y cuando ganamos la Octava, que ya estaba en Barcelona, hubo gente en el Departamento con quien nunca había hablado que me felicitó con la expresión asqueada y le deseó las más deliciosas calamidades al Madrid a partir de ese momento. Lo malo es que todo tiene un reverso; y aunque me he tirado unos años magníficos en Barcelona (no ha ganado ni un título en los cinco años que llevo aquí), esta temporada que las cosas van mal me encuentro todos los lunes al cabrón de David con la sonrisa de oreja a oreja. Pero bueno, es un precio leve que no me importa pagar.
Bueno, voy a ir terminando ya, que esto se está haciendo eterno, y eso que aún me quedarían mil cosas: las supersticiones, los insultos al rival, la sensación de amor traicionado cuando tu equipo pierde un partido que te había costado muchísimo ver... Acabo con una perla final:
“[jugándose la 4ª final de Copa que vio Nick en Wembley, las otras tres había visto perder al Arsenal, últimos minutos de la prórroga después de que el Manchester hubiera remontado y empatado un 2-0 y habiéndolo dado ya todo por perdido] Entonces, Alan Sunderland llegó a conectar el balón y lo envió al fondo de las mallas, delante de nuestras narices, y me puse a gritar no el ´Eso es´, no el ´Gooool´ , no cualquier otro de los gritos que suelen salir del pecho en momentos así, sino un simple sonido no articulado, un AAAAAAAAAARGH nacido del alborozo, de la incredulidad, del asombro. De pronto volvieros las personas a la grada, revolcándose unas con otras, sin la menor compostura [...] Así empecé a comprender que esa tarde del 12 de Mayo había conseguido casi todo lo que aspiraba a conseguir en esta vida.”
No tan extremo, la verdad, como la última frase, pero ese es el mismo alarido, nota por nota, que yo bramé el día que le devolvimos al Barsa el 5-0, justo cuando Amavisca machacó el quinto a pase de Zamorano.
Sólo quiero pensar cómo estará Nick hoy que me he enterado de que le van a cambiar el nombre a Highbury y le van a poner “Estadio Emirate”, para hacer publicidad de una compañía aérea...
http://www.as.com/articulo.html?d_date=20041006&xref=20041006dasdaiftb_41&type=Tes&anchor=dasftb