
Anoche justo antes de acostarme, mi pensamiento volvió al fútbol, principalmente gracias al libro de Nick Hornby “Fiebre en las gradas”, que me compré el otro día en el Abacus por el increíble precio de 2,30 E; un claro ejemplo de cosa que vale mucho más de lo que cuesta, y eso que hasta ahora lo he leído mucho más a salto de mata de lo que debiera (La Fiesta del Chivo rules, qué maravilla de novela).
Pues como decía, mi cabeza se volvió al deporte rey de reyes, y claro, no hay tema que más me debiera preocupar que la crisis del Madrid, y por tanto volví a él. Y digo “no me debiera preocupar” porque es que realmente no me preocupa; yo mismo asisto entre extrañado y curioso a este proceso de indiferencia ante todo lo que está ocurriendo alrededor desde el que ha sido mi equipo desde que tengo uso de razón, y al cual he dedicado un parte importante de los escasos momentos de irracionalidad de mi vida; bueno, quizá no tan escasos, pero porcentualmente irrelevantes.
¿Y por qué me cuesta tanto ahora emocionarme con los partidos? ¿Por qué ya me cuesta tanto imaginar el Bernabéu como un Coliseo, a los jugadores como depositarios de mi emoción, sobre todo a Florentino como una especie de favor providencial para que tuviéramos una lejana reminiscencia de Bernabéu aquellos que no vivimos los días de gloria? Y sobre ¿por qué veo como un marciano a ese mí mismo que tantas horas ha pasado en uno de los peores tugurios de Cerdanyola –el Reducto-, que cruzó mil veces París para seguir a su equipo, al que tiene el corazón lleno de mpgs de campos en los que nunca ha estado, de céspedes siempre refulgentes y lejanos, de Manchester, de Saint-Denis, de Ámsterdam, del santuario de Hampden Park? ¿Qué ha cambiado?
Por supuesto, hay bastantes razones, la decadencia de un imperio jamás empieza por un hecho aislado; sin embargo, si todos esos motivos hubieran de condensarse en una sola palabra, no habría duda, antes de empezar el párrafo ya pugnaba por salir de mis yemas en forma de impulso eléctrico: BECKHAM. Y a pesar de lo que mi padre crea y quizá también algunos que lo léais, que le tengo ojeriza al rubio, no es cierto, si se entiende por ojeriza la predisposición negativa e injustificada hacia alguien o hacia algo.
En realidad, mi relación mental con este individuo comenzó desde la admiración casi absoluta; creo que la primera vez que lo vi en acción fue en un partido del Manchester contra el Wimbledon, en la primera o segunda jornada de una Premier League anterior a 1996 (lo sé porque yo aún vivía en Badajoz); recuerdo, y aún creo que lo tengo grabado, la impresionante parábola desde la intersección de la línea de mediocampo con la banda que dejó clavado al portero y a todos los que tuvimos la suerte de presenciar la maravilla. Antes, por supuesto, ya había oído hablar al omnisciente Maldini de la aparición en la banda derecha del club de Old Trafford de un chaval que iba para estrella; y a fe que en esa jugada lo pareció.
Luego, en esa segunda década de los 90 -que también fue la del resurgir de mi equipo tras los oscuros años del Dream Team de Cruyff- le vi formar ese estupendo centro del campo Keane-Giggs-Scholes-Beckham, y poner desde lugares inverosímiles millones de centros para que los delanteros de turno (Yorke, Cole, Sheringham, Solksjaer, más tarde el estupendo Van Nistelrooy) se la clavaran a placer a los infortunados arqueros, bastaba un roce muchas veces. Dos de esos centros, por cierto, valieron una Copa de Europa.
Tampoco podía olvidar los maravillosos misiles lanzados a balón parado, por cualquier parte de la portería y casi desde cualquier sitio. Recuerdo en particular un friqui maravilloso, lanzado con efecto desde unos treinta metros, y no los treinta metros desde los que locutores entusiamados claman que han sido lanzados tiros casi al borde de la media luna; estoy hablando de un zapatazo desde más cerca del centro del campo que de la línea que, por cierto, le dio la clasificación a la Pérfida Albión para el mundial de Francia (o quizá una Eurocopa, ahora no estoy seguro). De hecho, también recuerdo un verano en que el Barsa pretendió al interior y yo temblé bastante.
Sin embargo, debía de acercarse ya el cambio de siglo, cuando me di cuenta de que no era oro todo lo que brillaba en Beckham... (continuará)