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Llevo unos cuantos días sin dejar nada por aquí, y la verdad es que no hay más motivos que los de intendencia. Tras la intensidad de la Semana Santa Oporto+Galicia, la vuelta a la unitrullo ha resultado un poco más agobiante de lo esperado, mayormente por la acumulación de clases y, en menor medida, por la preparación de una presentación que haremos en Berlín next week. El poco tiempo bloguero que he tenido júrtimamente lo he dedicado a diarios de júrgol, ya que la actualidad balompédica se vuelve casi incontrolable en abril y mayo. Bueno, pues eso, que la ventanilla sigue abierta y que pronto estaré de nuevo aquí con regularidad, especialmente a partir de ese mágico 15 de mayo en que las clases dicen over. En el futuro inmediato, un puente de destino completamente desconocido, aunque aquí en Madrid. I will follow.

No se puede decir que no lo esperase, porque todos habríamos apostado hace tiempo que tan mal como estaba no podía durar mucho más, pero mentiría si dijese que la noticia del deceso de Antonio Vega no me ha conmovido. No fue uno de mis primeros descubrimientos, pero sí podría decir que llegó en el momento justo, ese Básico con canciones como “Seda y hierro” (siempre debe tener un poco de cada esa mujer a la que entregas tu vida, como es mi caso), ese “A trabajos forzados” –no suyo, pero como si lo fuera, tal era su capacidad de llevar cualquier sentimiento de fondo a su terreno- que logra tornar atractivo el frío de las cadenas, “La décima de segundo” que resume nuestra vida, “Lucha de gigantes” una pasión desenfrenada interpretada como combate esencial y telúrico, o en fin, “San Antonio” que elegí no hace demasiado en una exigua lista de canciones que me definen, y que incluso reproduje, hace ya tiempo, en este blog.
Se entregó a la heroína como el legionario a la Muerte en la mítica canción militar, y fue, durante más de veinte años, su amante infiel. La yegua ardiente engulló su delicada carne y afiló hasta la invisibilidad un rostro ya de por sí anguloso, pero quizá en justa devolución de la fidelidad recibida, no se atrevió a rozar ni la inteligencia ni los abismos de sensibilidad del compositor, lúcido y brillante hasta el final. Un contraste a la vez deprimente y esperanzador, que pude comprobar in situ en el único concierto de Antonio que presencié en directo, hace tres años, en Clamores. Tras el retraso habitual, compareció la humanidad desvaída del músico, todo piel y huesos para enmarcar la mirada extraviada y la lejanía sentimental. Todo en él movía a la conmiseración, hasta que comenzaron a funcionar su voz y las yemas de sus dedos, creando un embrujo irrechazable que nos transportó, una vez más, a ese lugar perdido de nostalgias, medias sonrisas y amarga comprensión de cuya puerta fue siempre el guardián.
No quiero acabar esta improvisada y pobre necrológica sin mencionar quizá el aspecto de la vida de Antonio que más me impresiona. A principios de siglo parecía un hombre acabado, pasadas las glorias efímeras de Nacha Pop y la locura de los ochenta, más enganchado que nunca, y preso de la turbia amargura que da el conocimiento. Fue en este terrible estado cuando comenzó a salir con su querida Marga, y el comienzo de esta relación le devolvió la fuerza, la vitalidad y la alegría de vivir. Más allá de que la historia no tuviera final feliz –la chica murió, y el sentimiento de Antonio está recogido en el estremecedor 3.000 noches con Marga- me abruma que una persona la situación del músico y con tanto bagaje vital a sus espaldas reuniera aún dentro de sí tanta ingenuidad e inocencia para recuperar la felicidad a través del amor. Más que sus canciones , más que su figura de poeta maldito o que su genialidad sin par, es esto lo que me hace creer que muy dentro, tanto que no fue capaz de enseñárnoslo del todo, Antonio Vega cobijaba un don tan precioso como oculto. Y esa, precisamente, es la joya que hemos perdido.
Un brasileño ya entrado en años, fibroso y atractivo, bebía de un termo una bebida que quise imaginar como cachaça, aun a pesar de lo temprano de la hora, y precisamente quizá a causa de eso. Miraba con unos ojos verdes sin pupilas que juraban traspasar cualquier muro triple, y me produjeron una impresión ambivalente.
Un zapato de mujer, rojo sangre, abandonado en un banco. Traté de imaginar a la dueña, si depositaría el zapato tan drogada como lejos de este mundo, si lo perdería en una clase de movimiento inimaginable, o quizá pudiese encontrar, buscando bien, los restos de la dama (su cabeza, sus manos cortadas, detalles de sus pulseras o un aroma a putrefacción) en sitios bien elegidos de las tripas del metro, que compondrían en el mapa la silueta de un cuchillo.
Una melodía sutil y electrizante, que ya me había intimidado y llevado al pozo negro antes de reconocerla: la danza macabra de Saint Saëns. Casi apostaría a que el acordeonista que lo intentaba no conocía el signficado de esas notas, ni mucho menos la posibilidad de que sugirieran a alguien, inmediatamente, imágenes de esqueletos negros entre víctimas vociferantes recorriendo el aire madrileño de la tranquila mañana.
Un grupo de teatro que promocionaba algo, elevando su voz para luchar contra la indiferencia supina del personal que los evitaba sin verlos y los ignoraba sin la más mínima concesión a la piedad. Yo no los ignoré, sino que por un momento los vi atados a la escalera mecánica que tenían a su costado, perfectamente conscientes de lo que les aguardaba al llegar arriba.
Y había un recuerdo más, algo relacionado con la escayola, pero se lo llevó el ruido blanco. La nada atronadora.
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