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Parece que estabais todos puestísimos, pues. Lanzo pues una pregunta musical al respetable. ¿Qué famosísima canción, que todos hemos escuchado cientos de veces, alude en su título a una mujer egipcia, combinando en una palabra tres idiomas diferentes? Hala.

Quizá alguno de vosotros hayáis oído hablar de un tipo llamado Andrea Vesalio. Un individuo que vivió en el siglo XVI, estudió en la Universidad de Lovaina, y está considerado nada menos que el padre de la anatomía moderna. Llegó a ser Médico Imperial, y su obra De humanis corporis fabrica se considera fundacional de la disciplina en el sentido actual.
Todo esto es bastante conocido. Lo que no lo es tanto es que este tipo es.. mi abuelo!!! Al menos en sentido académico. No, no se me ha ido la chaveta, o al menos no más de lo que se me va normalmente, que es una barbaridad. El asunto es que hace ya algunos años, una universidad americana decidió animar a los matemáticos del mundo a un curioso proyecto, consistente sencillamente en anotarse en una página con el nombre, nombre de la tesis y nombre del director, y hacer esto para todos los matemáticos que uno conociese. La cosa ha tirado para adelante, y actualmente es posible rastrear el “árbol genealógico” matemático hasta realmente muy atrás. Hacía tiempo que no entraba en la página, y hoy como otras veces, he empezado a proyectarme hacia el pasado. Mi director, el suyo, el de éste, el de éste… Pronto, muchos de los más ilustres matemáticos de la historia han comenzado a aparecer, por obra y gracia de la estructura piramidal: Eckmann, Hopf, Dirichlet, Fourier o Lagrange van saliendo en esta línea directa que me honra a mí como a cualquiera. Cuando miré las últimas veces, las líneas solían cortarse por el siglo XVII. Sin embargo, el proyecto ha crecido, y en mi caso hay ramas que llegan incluso a ¡1400! Y lo llamativo es que, a partir de cierto punto, por obra y gracia de la mezcla de ciencias, aparecen tesis de biología, de medicina, de filosofía… Algo maravilloso.
Así que nada, a partir de hoy, a presumir de parentela científica. Algo bueno tenía que tener dedicarse a esto.

Quería haber escrito algo sobre lo de AIG que contuviera todo tipo de palabras malsonantes, sinónimos de chorizo y otros embutidos cleptómanos, indecencia, desvergüenza y alguna cosa más, pero me he encontrado el artículo del ínclito Enric en el país que lo sintetiza todo de modo inmejorable, sobre todo por mí. Así que ahí va.
Prefiero no contarlo yo. Que lo cuente Ben Bernanke, que tiene más
gracia. Las palabras son del presidente de la Reserva Federal
estadounidense, comentando los casi mil millones de dólares en primas
que se han repartido los ejecutivos de la aseguradora AIG: "De todos
los acontecimientos y de todas las cosas que hemos hecho en los
pasados 18 meses, lo que más me irrita, lo que más angustia me causa,
es la intervención de AIG. Era una compañía que había hecho todo tipo
de apuestas irresponsables. Cuando esas apuestas salieron mal, se
encontró... nos encontramos con una situación por la cual si se hundía
esa compañía, se hundía el sistema financiero".
Bien. El contribuyente estadounidense ha derramado sobre AIG unos
170.000 millones de dólares, algo así como veintitantos billones de
las antiguas pesetas. Y los ejecutivos se han quedado con un pellizco.
Es lo normal, ¿no? Hasta donde yo sé, es lo que suele hacerse en
cualquier consejo de administración cuando se consigue liar a un
inversor ingenuo. Puedo llegar a entender que el inmenso sacrificio
económico exigido al contribuyente resulta imprescindible para evitar
un colapso que dejaría en la calle al propio contribuyente. Entiendo
menos la necesidad de salvar el sistema financiero que ha creado el
problema. Y no entiendo nada cuando se habla de "refundar" el
capitalismo. El capitalismo contemporáneo es el que es: no se pueden
desinventar los derivados financieros ni las burbujas periódicas, como
no se puede desinventar la bomba atómica.
Me explico: es como si el inmenso sacrificio en vidas humanas de
Stalingrado o Normandía hubiera sido destinado a "refundar" el
nazismo. Ya sé que la comparación es muy exagerada y que ningún
consejo de administración, ni siquiera el de AIG, se parece a la
Gestapo. Pero hay algo que tengo claro. Lo que están haciendo los
Gobiernos es indecente. Necesario, imprescindible, impepinable quizá:
sigue siendo indecente. Mientras, nos reímos mucho con Hugo Chávez
porque quiere montar una cadena de restaurantes románticos y ofrecer a
los venezolanos teléfonos móviles baratos. Qué tío, el "gorila rojo".
Qué risa. Ja, ja.

Como un pimiento lo tengo. Y dicen que es el dedo principal, el más sensible, con el que apuntamos, señalamos, agarramos, acariciamos. Y encima el de la mano derecha, para mí que soy diestro. Debí notar como un presagio el endurecimiento paulatino de la yema, quizá por mucho uso en teclados, pero lo lo del últimos mes ha sido extraño, casi sugiere maldición, estrago de adivinador, fario terrible. Comenzó con una pequeña verruguita en el nudillo, apenas se nota, pero acaba afeando; esto debe ser justo castigo por mi costumbre de fase bucal no superada de llevarme el dedo a la boca –quizá mi mamá me retiró mama antes de tiempo, por ver posiblemente al mamón-, pero no importa, no duele. Algo ya debí sospechar pocos días después cuando un poquito por debajo, me corté con una lata, limpio, agudo y algo profundo. Nada raro, si no fuera por que la tapa de la lata no era de lata, sino de papel; duro, eso sí. Después vino lo de la jirafa. Malhadado sea mi gen goloso, que poco frecuentemente se manifiesta, que me llevó a los dominios de una dulcería donde me compré un huevo Kinder (quien lo diría, a mis años…). Y contenía al susodicho mamífero cuellilargo, siempre que uno tuviera paciencia para armarlo (Cortázar dixit); servidor se puso manos a la obra, por supuesto con gran éxito, si no fuera por lo que parecía una pequeña rozadura y ha degenerado en zona enrojecida con punto negro sospechoso en el centro. Veremos. Y para rematar, esa llave que no cierra, ese dedo ya famoso que intenta averiguar la presencia de algo sospechoso en la cerradura, esa astilla que se clava. Y aunque sale, al menos la mayor parte, deja comezón y a veces dolor fuerte que obliga al abajofirmante a cuestionarse si algo queda dentro; y un día después, a esterilizar aguja y pinzas para sacarlo sin más éxitos que carne viva, y dolor de muerte. Así estamos, pues.
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