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Hoy me he enterado de la existencia de la conspiración Shandy. Se trata de una organización bastante secreta que se fundó en África en 1924, y en la que estoy interesado en entrar, ya que entre sus miembros se contaban gente tan ilustre como Lorca, Walter Benjamin e incluso el adorable Scott Fitzgerald. Además creo que cumplo los dos requisitos imprescindibles que se exigen para entrar:
1. Toda la obra literaria de un miembro debe ser portátil. Si contamos como mi obra literaria mis escritos (sobre todo blogueros, y algunas cosas más) y todo lo que he hecho en Mates hasta ahora –que en cierto sentido, es arte, desde luego-, todo ello cabe en un disquillo duro. O sea, por aquí no hay problema.
2. Funcionar como una perfecta máquina soltera. Soltero soy, al menos hasta que el anillo me cambie de dedo, y máquina perfecta… no hay más que ver las horas que me paso en la facultad cada día. Y currando, que es lo suyo.
Además, también creo que saco nota alta en las demás cualidades que, sin ser condición sine qua non, dan puntos para la admisión, a saber: sexualidad extrema (sobre esto prefiero no dar detalles ;D), convivencia difícil con el doble (que me sobra), nomadismo infatigable (véase el nombre de mi blog), simpatía por la negritud (peacho foto de Ronie en mi cuarto), ausencia de grandes objetivos en la vida (Virgencita, que me quede como estoy) e insolencia (de esto es de lo único que ando algo más escaso).
Así que nada, voy a enterarme de dónde hay que mandar la solicitud, y allá voy. ¿Alguien me acompaña?

Hay veces que los límites naturales que nos pone el tiempo, y que se sobrellevan también en el plano físico, me resultan insoportables intelectualmente. El otro día recordé una frase latina “Apparebat eidolon senex” (apareció el ídolo sombrío, creo, que me corrija algún latinista si no le parece bien) cuyo origen no conocía, y que sólo recordaba porque encabezaba, como muchas otras frases más o menos grandilocuentes, las partes en las que se divide It, uno de mis libros de cabecera. Son tremendos particularmente los interludios.
La cosa es que como es un libro que leí por primera vez en el verano de 1989 y después he releído muchísimo (pocos analizan con tanta profundidad el paso de la niñez a la edad adulta) dichas frases se han ido grabando en mi cabeza a fuego, y me han conducido a muchísimos lugares diferentes. Por ejemplo, hoy mismo me he dado cuenta de que otra sentencia latina que aparece “Quaeque ipsa miserrima vidi, et quorum pars magna fui” (Vi cosas horribles, y en muchas de ellas tuve que ver) nos remite nada menos que al canto II de la Eneida. O ese siniestro “Nacido en una ciudad de muertos” que se sobrepone cual bárbaro bramido a los golpes de batería que inician el Born in the USA. Y es un libro en el que nombres familiares para cualquier melómano se grabaron por primera vez en mi blandito cerebro, gente como Keith Moon, los Grateful Dead, Ozzy, Pat Boone, Jerry Lee. Gracias a la historia de Bill Denbrough emprendí una búsqueda de muchos años en pos de un cuento de Ray Bradbury llamado El frasco, que no hallé hasta hace dos veranos, y gracias al viejo Aladdin supe que Michael Landon había sido un hombre lobo de pacotilla antes de hacerse un nombre en La Ponderosa.
En fin, que It es un libro-puerta que me ha abierto caminos a muchos mundos. Como él, me he encontrado otros a lo largo de mi vida, y perfectamente el Doctor Pasavento que estoy leyendo estos días puede entrar en esta categoría. Y es precisamente cuando reparo en todos estos arcones de sueños cuando me doy cuenta del gran límite al que aludía al comienzo. Mi impresión es que el número de nuevos libros (y películas, y músicas, y experiencias, y viajes) que me gustaría vivir en el resto de mis días es muy superior al que el tiempo que me queda puede contener. Por tanto, si quiero acercarme lo más posible a descubrir todas esas cosas nuevas, debo renunciar por fuerza a releer, repasar, y volver a hollar los caminos por los que ya circulé. Y eso me parece terriblemente doloroso, castrante, me duele el cerebro sólo de pensarlo. Me cago en mi finitud, maldita sea.
La última vez que he tenido esta repugnante sensación ha sido hace poco, después de una interesante tertulia en la comida sobre el mundo de los comics. Cuando terminamos, me entraron unas ganas terribles de releer Sandman; pero no de cabo a rabo, sino con esa insistencia enfermiza que permite que, poco a poco, todo el acervo que contiene la obra pase por ósmosis a tus propios archivos, y se convierta en material utilizable. Tras saludar con entusiasmo la idea, asumí con desolación cuán difícil sería hacerlo, considerando la longitud del Opus magna de Gaiman, el hecho de que lo tengo en inglés (muy culto y difícil en ciertas zonas) y el poco tiempo disponible. Me rebelo, no puedo evitarlo.
¿Dónde se estudia para ser Connor McLeod?

A pesar de lo que indica la hora de colgada del post (blogia es una mierda y ahora mismo no funciona, voy a emigrar a blogspot ya mismo) ahora mismo son las cinco menos diez de la mañana del sábado. Acabo de dejar encima de la cama, las vestiduras negras, y estoy con una camiseta de Ulises 31 que a alguien que lea esto le sonará, unos pantalones de un pijama que creo que es de Rosa, y bebiéndome un vaso de leche en plan Abuelo Cebolleta. He llegado hace un rato, y mi doble noctámbulo no me permite acostarme todavía.
Una noche de nivel medio alto. He conocido por fin un garito del que hace tiempo que había oído hablar, pero en el que jamás había estado hasta ahora, el Honky Tonk (supongo que homenaje a la famosa canción de los Rolling que, como muchas de Mick y sus amigos, no han cambiado precisamente mi vida). Se trata de un sitio muy apañado, con dos plantas, una superior de disco-pub, que no exploré completamente, y una inferior donde hacen los conciertos, con un pequeño escenario y un aforo bastante respetable. Tres características hacen este lugar bastante apetecible para mí, y un posible retorno más que probable. En primer lugar, hacen conciertos, alrededor de las 0:30, TODOS los días de la semana. Los grupos no son conocidos, pero como opción es harto elegible y respetable. Segundo, la entrada es gratuita, y las copas no son excesivamente caras. Y finalmente, siendo esto lo más personal de todo, el hecho de su ubicación junto a Santa Engracia (una de esas calles de Madrid que en cualquier otra ciudad merecería la calificación de avenida) me permite trincar, caso necesario, un autobús nocturno que pasa con frecuencia digna y me deja en la puerta de mi domi. Hoy no ha sido así, porque cuando dudaba si volver a casa –los chicos con los que iba se retiraban a Móstoles- o tirar de agenda movilesca para localizar a algún otro crápula amical que estuviera quemando la noche madrileña, he recibido un regalo del Altísimo en forma de taxi. A esa hora, y en una zona tan concurrida como Alonso Martínez, despreciar tal obsequio se halla en el rango de la blasfemia, y no me sentía yo tan fuerte para tenérmelas tiesas, a esas horas y solo, con el que parpadea dentro del triángulo.
El concierto, al que fui como breve excusa para reencontrar a E. y conocer a sus amiguit@s llegados ex-profeso para el puente, se erigió pronto en icono central de la noche. El nombre se me ha olvidado, pero no creo que a quien desee conocerlo le suponga demasiado pinchar en la página de la Guía del Ocio y buscar cuál era hoy la programaciao de la sala. Lo componían el vocalista, que era el que llevaba la voz cantante –nótese el ingenioso juego de palabras- con un histrionismo que resultaba a veces cargante y otras divertido. De negro riguroso, camiseta cutre y una pinta de mexicano –sin serlo- que uno esperaba que en cualquier momento se arrancara con Cielito lindo o similar. No lo hizo, pero en algún momento aludió a la Rosita estándar. Lead guitar para un tal Rafa, alto y desgarbado, todo nariz, y un poco apartado de los demás, en un rincón donde le adoraban un par de groupies que estaban claramente por debajo de cualquier listón. En el bajo otro tipo crecidito, hierático como un dios egipcio (concretamente como las representaciones de Ra, porque era calvo como una pelota), y que según confesión del cantante tenía hoy una mala noche. El baquetas aparentaba 55 años más de los 55 que al parecer tiene, y según frase del vocalista en un momento divertido (siento citarlo tanto, pero es que no paró de hablar en dos horas), tenía tipo pasarela Cibeles. En otro momento dijo que Manolo Jiménez –su nombre- era el rocanrol. En fin. Cerrando el quinteto a lo loco, se sentaba el teclista a la izquierda; joven y eficaz en un aparente desinterés que a veces rozaba lo preocupante: un par de veces temí que cayese dormido sobre el teclado con sus greñas cerdas y su barbita. Pero no, seguía a lo suyo, y a veces tomaba el mando con autoridad.
Del repertorio que soltaron los chavales, lo primero que conocía fue una versión de Born to be wild bastante cañera para los medios de los que disponía. Aunque la hubiera disfrutado más sin el sufrimiento inherente a no recordar el nombre del grupo autor de la canción. Tras encuestar infructuosamente a mis compañeros, amagué con enviar un mensaje a J. que seguro que me hubiera contestado al momento, caso de estar despierto (era la 1:30 de la mañana). Recién dada la tecla de “Send”, acompañé la emigración de mis amiguetes a la barra confirmando que los acordes que escuchaba era la enésima versión de Knockin’ que pasa por mi cabeza. A la vuelta, recuerdo a la vez el nombre de la banda que me torturaba –Steppenwolf- como el hecho de que por estar en un subterráneo era difícil que mi mensaje hubiera llegado a ningún lado.
Ubicados ahora en mejor posición, disfruté tanto del Proud Mary de los Creedence como de la parrafada inicial de Pancho Villa, presentádola como un ejemplo de soul (?).
Por ahí hubo un Sweet Home Alabama que yo canté, como no podía ser de otra manera, en español con acento gallego, y un poco de pachangueo que incluía las famosas notas de Here comes the hotstepper, que inicialmente son de una canción que no conozco y que riffearon a dos guitarras. Después presentación de los músicos y primera confirmación de que el tipo era fan de Springsteen, por cuanto que ese Master of the Universe dedicado al batería está ya demasiado registrado como marca de fábrica del Big Man a partir de los conciertos jeferos de los middle seventies. La segunda fue un Hungry heart casi sin solución de continuidad, con una pronunciación en inglés ciertamente discutible, pero a la que hice los honores merecidos. Siguieron un par de temas propios: un loquillo-like llamado “Andando en el alambre” o algo así, que da cumplida y tópica fe de por qué esta banda se gana las habichuelas tocando temas ajenos, y una balada con cierto gancho comercial, “Tiritando de frío”. La cosa se cerró con una versión eterna del “I still haven’t found” que hizo que todos nos marcháramos de allí con buen sabor de boca. No hubo bises. Y volveré a ese sitio.

Amigos y vecinos, al fin he terminado mi maratón de clases estos quince días, y mañana marcho a Braga a un curso sobre "La mágica teoría de la Localización". El que lo da, Neisendorfer, un tipo aficionado al patinaje, es uno de los principales responsables de que exista mi tesis, pues él fue quien desarrolló algunas de las capacidades principales de una de las más importantes herramientas que utilizaba. Tengo ganas de conocerlo. El jueves daré una charla en el seminario, donde contaré como entran (creo) los linking systems en la celularización de espacios clasificadores. Esto os sonará a chino, pero llevo casi cinco años liado con el problema, desde que en la brillante primavera de 2002 uno de mis topics en el messenger era "Aprendiendo a celularizar". Ahora sé algo más del tema, y también de bastantes otros temas.
Vuelo a Vigo,y de allí me llevará a Portugal en coche Lucía, la organizadora del curso, un Encanto con mayúscula. El domingo estoy de vuelta, y si allí tengo un rato, pues ya me contaré algo. Saludines a todos.

- Con Lucía en el coche en el que ella me transportaba gentilmente de Vigo a Braga. Comenzó a llover, y hubo un momento en que lo hizo de modo tan infernalmente furioso, que los ojos tenían vedado todo lo que hubiera más allá del parabrisas, y el estruendo no nos dejaba escuchar nuestros propios pensamientos, mucho menos lo que decía el otro.
- Joe Neisendorfer terminando su última charla, tras recibir el aplauso y expresar los agradecimientos de rigor, lanza su tiza a Gustavo, que se encontraba en primera fila, para que éste con ella diera la conferencia siguiente. A continuación, el native American se queda pensando y dice “I used to be good on this”. Se aleja de la pizarra unos diez metros, y ante el asombro del respetable, tira la tiza y la deja exactamente en el pequeño espacio que hay dedicada a ellas en la parte inferior de la pizarra; ese que existe en casi todos los encerados del mundo. Cualquiera que haya intentado esto alguna vez sabrá de su dificultad, tanta que después del asombro, todos rompimos en otro aplauso quizá incluso más ruidoso que el anterior.
- Los arroces, como representantes canónicos de la descomunal calidad de la comida portuguesa que, una vez más, tuve ocasión de disfrutar. Arroz con lubina para comenzar, inolvidable la mediana cacerola de barro, no arroz pero casi con la açorda de marisco, con polvo o pulpo, con espinaca y pollo como reminiscencia francesa, y de propina, llegada y en casa ese arroz con salchicha, huevo y pimienta, blanco y sabroso, que conocen casi todos los que me conocen.
- Cuando tomamos un tren que nos devolvía de Oporto a Braga, atestado por cierto, se me sentó delante un viejo que me dio bastante miedo. El hombre tenía un ojo más pequeño que otro, y el que era mayor estaba medio vacío; además parecía tener entre doscientos y trescientos años. Iba yo hablando de unos interesantes problemitas con Neisendorfer, cuando de pronto el viejo pone la cabeza como a un diez centímetros de la libreta en la que estábamos escribiendo, se vuelve hacia mí, clava su ojo y medio en los míos y me farfulla o casi me grita algo en un idioma que no pude entender, pero semejaba Lengua Negra. De pronto me vi en el medio del video de Thriller, hasta que volví a escuchar la voz tranquilizadora de Joe diciendo “S^3{p} is a p-torsion space…” Curioso que algo tan abstracto me devolviera a la confortabilidad del mundo real.
- Y Oporto. La vista desde el segundo nivel del puente Eiffel no debería ahorrársela ningún mortal. Ninguno.
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